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martes, 2 de junio de 2009

PARTIDO PEQUEÑO, IDEAS GRANDES

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‘Lo cómodo es vivir en la convicción de que no existe remedio para las injusticias... Es mucho más doloroso saber que existe solución, y que a pesar de ello somos incapaces de alcanzarla...’



Cuando tenía 10 años, un día en clase de religión debatíamos sobre el hambre en el mundo. Es curioso porque no conservo ni un recuerdo más de esta asignatura en todo el curso, y del resto de materias apenas algunos detalles. Por alguna razón que desconozco esta escena se me quedó grabada con absoluta nitidez. Puedo ver el aula y la ubicación de mi pupitre, y hasta revivir el diálogo que tuvo lugar. Levanté la mano y di mi opinión —¿Cuántas personas hay en España, un millón...?— pregunté. Supongo que mi maestra no quiso corregirme en ese momento y asintió. Proseguí —Si cada español da una peseta ¡tendríamos un millón!— exclamé. Recuerdo la felicitación de la profesora y el extraño sentimiento que me quedó. Continué rumiando durante varios días mi «genial» idea, orgulloso por la aportación y, al mismo tiempo, desconcertado porque a nadie más se le hubiera ocurrido, ¡con lo sencillo que resultaría acabar con la pobreza! Supongo que después lo olvidé todo. O, tal vez, quedó aislado en algún lugar del subconsciente y, llegado el momento, brotó nuevamente la misma idea, pero evolucionada, acorde con mi madurez intelectual y humana.

Como animador de jóvenes suelo motivar a los grupos que empiezan con la posibilidad de cambiar el mundo. Confieso que me aprovecho de la especial sensibilidad que se tiene a esa edad respecto a las injusticias, esa natural rebeldía contra lo establecido, ese ansia de ser protagonistas, héroes. El punto de partida es una pregunta: «¿Saben que si nos pusiéramos todos de acuerdo el hambre desaparecería del mundo en cinco minutos?». Me suelen mirar con asombro, incrédulos. Y, sin embargo, no es mentira, ni siquiera una exageración. Lo difícil es ponernos de acuerdo, sólo eso —o nada menos que eso—. Se trata de una decisión de muchas personas, en muchos lugares y todos al mismo tiempo, pero, al fin y al cabo, una simple decisión. Y resulta que treinta años después estoy en el mismo sitio que tras la clase de religión de sexto curso; desconcertado y preguntándome por qué no se hace si es tan sencillo… Imagino que lo cómodo es vivir en la falsa convicción de que no existe remedio para las injusticias, la miseria y el hambre. Es mucho más doloroso saber que existe solución, que está a nuestro alcance, y que a pesar de ello somos incapaces de ponerla en práctica.


Acabo de conocer el partido político PUM+J (Por un Mundo Más Justo). Uno de sus eslóganes tiene mucho que ver con mi inquietud infantil: «Acabar con la pobreza es una decisión política», afirman. Y añaden, «Somos la primera generación que de verdad puede acabar con la pobreza […] Luchar contra ella no es de derechas ni de izquierdas». He leído de principio a fin su ideario político y sus propuestas de acción, y les aseguro que no viven en la luna. Saben lo que dicen y están convencidos de lo que hacen. Es verdad que su marco programático es muy limitado; su único fin es erradicar la pobreza en el mundo, pero, ¿acaso existe alguna idea, objetivo o fin más importante que ése? ¿No debería ser la prioridad absoluta de los seres humanos en todo el planeta? ¿No nos da vergüenza discutir sobre Educación para la Ciudadanía o la Ley para la Memoria Histórica, o incluso sobre el aborto, sin haber resuelto antes —o al menos simultáneamente— el hambre en el mundo? ¿Cómo pueden hablar encendidamente y sin sonrojarse de «lo conveniente para Europa», «lo mejor para España», o «lo que necesita Canarias», sin más, como si ello no influyese en las vidas del resto de los seres humanos que habitan La Tierra? ¿De verdad ninguno se pregunta si algunas de esas cosas que «tanto necesitamos» no serán precisamente las que perjudican a África y Asia...? Quizás lo saben y les da igual.

He escrito que los nacionalismos son egoístas, por definición, y potencialmente peligrosos. Pero tan nacionalismo es el que se mira el ombligo autonómico en Cataluña, el País Vasco o Canarias como el que sólo defiende los intereses de España o la Unión Europea. Su egoísmo engloba una extensión geográfica mayor, pero nada más. Hacer política contra la pobreza en el mundo exige practicar una política económica, educativa, sanitaria y social coherente con esos principios en Canarias, en España y en Europa. No digo que prescindamos de los gobiernos nacionales y locales, no estoy delirando. Éstos deben ser los que administren de forma eficaz nuestras comunidades geopolíticas, pero sí necesitamos que en los grandes ámbitos de decisión estén representados partidos cuyas miras se elevan por encima de las fronteras y sus alambradas, porque no hay ninguna razón para defender con más ahínco la supresión de los crucifijos de las aulas, que los derechos de «los niños de la guerra».

En la serie «Creo en la política», en este mismo blog, escribí que todos tenemos el deber moral de participar en política a través del asociacionismo o dentro de los aparatos de los partidos. La política tiene la culpa de casi todo, pero también en la política está la solución. Y por eso me alegré de que PUM+J no sea una ONG, ni siquiera una extensión de alguna, sino un partido político puro y duro. Tenemos alternativas para dejar de pensar sólo en nosotros mismos y en nuestras hipotecas, al menos por un momento, y entregarnos a la placentera sensación de que sobrevolamos en grandeza de espíritu a todos esos miopes gobernantes. Tú decides si te apuntas a un partido grande con ideas pequeñas o a un partido pequeño con ideas grandes.




jueves, 26 de marzo de 2009

CON ELLA LLEGÓ EL ESCÁNDALO

La campaña contra el aborto recién lanzada por la Iglesia Católica en España ha despertado una indignación sin precedentes en amplísimos sectores de la población. El rechazo está siendo tan violento, que el asunto bien merece un análisis en sí mismo, más allá del debate sobre la cuestión de fondo. Lo más interesante de todo es comprobar la variedad de los motivos que han provocado la furibunda reacción, en algunos casos se diría que opuestos entre sí.

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Imagen tomada de parroquidesandiego.es


Lo primero que llama la atención es que no está demasiado claro si la repulsa es contra el fondo de la campaña, contra su estética, o contra el simple hecho de que la Iglesia se pronuncie públicamente sobre una cuestión moral. Seguramente, todo junto y bien mezclado. Ésa suele ser la receta del éxito, siempre que se juegue con el viento a favor, como es el caso. Pero, aún siendo así, sigue sin ser suficiente para explicar las proporciones de la tormenta que se ha desatado, entre otras cosas, porque parece haber sido espontánea y no orquestada. Ésta es una característica muy a tener en cuenta desde el punto de vista sociológico, cuando hablamos de acciones comunes de un determinado grupo social, sin intervención, al menos directa y aparente de personas que ejerzan de líderes. Tampoco responde al seguimiento de la corriente social del momento, porque ésta no suele provocar confrontación, sino indiferencia.

Así es que, tenemos una acción —la de la Iglesia con su campaña—, una reacción, que es adversa y espontánea, y una pregunta: ¿qué hace que una campaña contra el aborto sea mucho peor recibida que, por ejemplo, la carta pastoral de los Obispos antes de las últimas Elecciones Generales, las manifestaciones convocadas en toda España contra los matrimonios homosexuales, o la oposición de la Iglesia a la investigación con células madre?

«La rabia contenida
durante años por el temor,
irrumpe incontrolado e irracional,
tratando de destruir por
venganza a su carcelero»


En mi opinión, las causas son tres. La primera y más importante es la liberación de los españoles respecto a la Iglesia y la religión, en un país que durante décadas vivió una fe prisionera del miedo a la condenación eterna, inculcada, o cuando menos rentabilizada por una jerarquía poderosa, que ejercía el control moral de la sociedad, sin duda convencida de que esa era su misión evangélica. La Iglesia y todo lo relacionado con ella inspiraban miedo, porque gozaban del favor de los gobernantes del momento y administraban el poder que «recibían» del Creador. No nos podemos hacer una idea de lo que es capaz el miedo inscrito en la mentalidad colectiva y transmitida de generación en generación. Sólo ahora, muchos años después de la llegada de la Democracia, los españoles de todas las capas y ámbitos sociales se atreven a contradecir y desafiar a la Iglesia. Una de las consecuencia de tal «rebeldía» es la que estamos viviendo: excesos, violencia verbal, ataques indiscriminados... Nada que no estemos acostumbrados a leer en la Historia, cuando se han producido liberaciones semejantes de personas, pueblos o naciones respecto a cualquier poder autoritario. La rabia contenida durante años por el temor, irrumpe incontrolado e irracional, tratando de destruir por venganza a su carcelero. En el caso de España y la Iglesia, alentado por el gobierno de Zapatero desde que llegó a la presidencia. Él fue quien creó el clima propicio, ejerciendo de abanderado y marcando los pasos. No es una crítica, sino todo lo contrario, porque, si bien ha abonado el campo para excesos como los que estamos viendo, también está colaborando en la reconstrucción de las comunidades de fe sobre bases más sólidas que la costumbre o el miedo, eso sí, probablemente, muy a su pesar.

La segunda razón también tiene que ver con la Iglesia, pero desde su incómoda y nunca admitida autoridad moral. Por mucho que la mayoría de los españoles rechace a la Iglesia como institución, su opinión sigue teniendo peso. Es curioso que, aunque le gente por lo general no actúe de acuerdo a sus códigos éticos, le gustaría que la Iglesia bendijera su comportamiento. Por eso, cuando no lo hace, se le tacha de intolerante y trasnochada. Lo cierto es que la Iglesia es esa voz molesta y constante —como la de nuestros padres o profesores cuando somos niños, y la de los buenos amigos cuando somos adultos—, que no nos dice siempre lo que queremos oír, sino lo que considera mejor para nosotros y para quienes nos rodean. Es comprensible que nos haga rabiar quien recrimina nuestro comportamiento, sobre todo, si su opinión nos importa.

Y por último, la cada vez más baja consideración social del embarazo y la maternidad. Porque, nos guste o no, el aborto tiene que ver con los hijos. Si hay aborto es porque antes ha habido un embarazo del que, en circunstancias normales, hubiera florecido una criatura. Pero sucede que la maternidad no es un valor destacado en nuestra sociedad, y mucho menos el estado de embarazo. Una molestia «innecesaria» —cuando además es más cómodo «comprar»/adoptar niños en China—, casi una enfermedad que interrumpe nuestro modo de vida y puede entorpecer la progresión profesional de la «afectada». Esta mentalidad está tan extendida y ha calado tan hondo entre los jóvenes, que se habla del aborto con una ligereza y frivolidad alarmantes, incluso para quienes no consideran al feto un ser humano.




* Y hablando de frivolidad, sigo esperando respuestas al post anterior. Todo tiene un porqué...


lunes, 6 de octubre de 2008

LECTURAS AL SOL IV - Dossier K.

Si queremos adentrarnos en la Historia, ¿qué perspectiva debemos escoger, la del «superviviente» o la del observador «neutral»? Tratar de hallar una respuesta para la pregunta, consciente de que no existe, fue lo que me hizo leer Dossier K. con un interés del que hubiera carecido si no hubiese leído justo antes El Imperio. La obra de Kertész Imre tiene peso suficiente por sí misma, pero analizada desde este ángulo la aventura en la que me enfrascaba ganaba dimensión.


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Doy mi palabra de que no iba persiguiendo ningún tema ni género literario en concreto. Repasé con la mirada los títulos que asomaban ante mis ojos —suelo poner más a la vista aquellos que tengo pendientes de leer— y en una rápida elección me decanté por el escritor húngaro Kertész Imre (1) en mi naciente interés por conocer algo más de la literatura de este país, que es el de mi madre y el que me vio nacer. Hacía tiempo que lo había adquirido y no recordaba lo que debía esperar de él, pero tal y como había ido evolucionando mi verano literario —de modo totalmente casual, dicho sea de paso— solo cabía esperar una nueva vuelta de tuerca. No sin algunas dudas, abrí el libro para degustar las primeras líneas de Dossier K. De los cuatro títulos de los que he hablado en esta serie, es al que más me costó tomarle el pulso. Al igual que El Imperio, también se vale de técnicas periodísticas para contar una historia. En su caso se trata del género de la entrevista, con la peculiaridad de que entrevistador y entrevistado son la misma persona, el autor. El resultado es una original autobiografía, aunque no solo eso.


Para ser franco, a medida que iba pasando páginas me percaté de que estaba empezando la casa por el tejado. En mi opinión, Dossier K. fue escrito para quienes conocen la obra de Kertész, al menos algunos de sus títulos más conocidos, no para quienes se acercan por primera vez a sus textos. Si hablamos de una autobiografía esto es una obviedad, pero aún así me sedujo lo que iba hallando por el camino a medida que me adentraba en la hondura de las autocitas —extraídas de sus propios escritos—, discusiones y disquisiciones sobre historia, política, sociología y religión.


Fotografía tomada de El País Digital

El autor de Sin destino, es uno de los máximos exponentes de lo que se ha venido a llamar «literatura del Holocausto». Víctima adolescente de la persecución nazi a los judíos, fue uno de los afortunados supervivientes de Auschwitz, aunque con secuelas para toda la vida, como él mismo confiesa a su «entrevistador». Algunos de ellos se suicidaron años más tarde, al igual que sucedió con quienes lograban salir con vida de los lager de Siberia. Kertész afirma que nunca sintió esa «necesidad» como otros intelectuales de su generación, pero sí llegó a sufrir la angustia que, según él, llevó a otros a quitarse la vida: el sentimiento de culpabilidad por haber sobrevivido. «El superviviente es una excepción, la consecuencia de una avería en la maquinaria de la muerte […] Por eso resulta difícil conformarse y simpatizar con esa existencia excepcional e irregular que supone la supervivencia […]» (Dossier K.). La sentencia me parece conmovedora. Luego, intenta explicar, yo diría que justificar, como quien se siente avergonzado, cuáles son los motivos que le mantienen con vida. Asegura que el hecho de haber pasado directamente de ser perseguido por ser judío a sufrir la dictadura comunista, a diferencia de quienes acabaron en países occidentales, le «ayudó» a no gozar de la vida, y por tanto, no tener que «avergonzarse» de su buena fortuna. Es trágico tener que pensar así para no caer en el abismo.


Kapuscinski y Kertész buscaban resultados muy distintos cuando escribieron El Imperio y Dossier K. El primero quería contar lo que sus perspicaces ojos veían; el segundo, encontrar un sentido a su propia vida, que es lo que lleva haciendo ininterrumpidamente desde el mismo instante en que fue liberado de Auschwitz. Por eso, por esa sustancial diferencia es imposible que lleguen a las mismas conclusiones respecto a la tragedia, el dolor, la persecución, el terror y la soledad. Kertész trata de relativizarlo todo, escondido tras sus personajes, escribe desde una atalaya que se ha construido, en la que se siente, por fin, a salvo. Puede mirar atrás y darle a su vida, si no un sentido, al menos una forma más o menos definida que puede describir con palabras. No duda en reconocer que escribe por necesidad. Por necesidad vital. Escribe o se suicida. Al menos, eso dice. Queda la duda, la misma que provoca en sus incontables críticos, que no le perdonan el «provecho» que ha extraído de su trágica historia. Pero suya es al fin y al cabo.




(1) En húngaro siempre se antepone el apellido al nombre de pila







Los demás artículos de la serie:






domingo, 7 de septiembre de 2008

LECTURAS AL SOL (III) - Con permiso...


Mi intención era cerrar la serie LECTURAS AL SOL con esta entrada, pero me temo que necesitaré una cuarta entrega para completar mis reflexiones. En la de hoy tiendo un puente hasta la última de ellas tratando humildemente de llegar a la esencia misma de la lectura. Su objetivo, su significado y el resultado de su acción en mí. Con permiso...

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Cuando leí la última frase de El Imperio hice como la mayoría de los lectores: volví al principio para releer las primeras líneas. Siempre lo hago tras acabar un libro, pero no sé por qué, ni tampoco por qué lo hacen los demás. Tal vez sea el intento inconsciente y desesperado de atrapar la felicidad, de evitar lo inevitable, el final, el vacío; y por tanto, la pérdida de algo que creemos, sabemos que ya forma parte de nosotros y querríamos conservar por entero y para siempre, pero sin estar seguros de lograrlo. Por eso nos aferramos a sus páginas haciendo esfuerzos por recordar las frases, los nombres, los lugares… Y no nos decidimos a apartarlo de nuestras manos, temerosos de que se nos escape todo lo que nos ha regalado. Como la madre que acaricia a su bebé, lo abraza y lo besa de modo casi compulsivo. Lo que quiere en realidad es abarcarlo en cuerpo y alma por puro amor. Se suele decir que los libros son para sus autores como los hijos. Seguramente es cierto, pero no lo es menos que también lo son respecto a sus lectores. No del mismo modo del creador y el creado, el dador de vida y la vida nueva —en el eslabón humano de la creación—, sino como las piezas que nos completan y enriquecen, que nos hacen ser lo que somos y lo que hemos llegado a ser. Porque los padres tenemos la certeza de que nuestros hijos son parte de nosotros. Los libros leídos también, incluso aunque alguno nos haya defraudado. Con frecuencia repaso las fotografías de mis hijos, recuerdo anécdotas y vivencias que quiero capturar en mi corazón para siempre. Es lo mismo que hago con los libros que he leído.


Claro que mi experiencia es la de un lector aficionado, como he señalado al inicio de esta serie de artículos. Es posible que los lectores profesionales, los críticos, los devoradores de libros que son capaces de leer varios al mismo tiempo, hayan perdido las sensaciones que describo. Yo no quiero hacerlo. De hecho, confieso que sólo leo los libros que me gustan. Muchos creerán que de este modo traiciono la literatura porque me dejo por el camino grandes obras «que todo lector que se precie debería leer», he escuchado decir a veces a algunos intelectuales. Ya lo he pensado, y mi respuesta es ésta: cuando haya leído todos los libros que me hacen disfrutar y que también son grandes obras (y que, por supuesto, también debería conocer) leeré las otras. Sí, ya lo sé, hay tantos que me faltarán años de vida, pero de eso se trata. Hace mucho tiempo que decidí que la lectura sería para mí una actividad placentera, un trocito de felicidad, incluso cuando en algún momento el objeto sea la búsqueda de conocimiento. Dicho de otro modo, cuando noto que el libro que está entre mis manos me cansa y me supone un esfuerzo alcanzar la siguiente página le doy pocas oportunidades. No lo descarto de inmediato, insisto algunos días más por si se trata de un estado de ánimo personal pasajero o por si el texto me atrapa más adelante, pero si la cosa no mejora en breve el tomo vuelve a su lugar en el estante a la espera de mejor ocasión, si es que llega. Eso no significa que yo haya decidido que el libro es malo, sólo que no es a mí a quien busca, no estamos hechos el uno para el otro, no puedo «adoptarlo»; no en ese momento.



Así que, como iba diciendo, acabé El Imperio y me quedé con ese regusto, mezcla de felicidad y vacío, del que he hablado. Y aún tenía cuatro días de asueto por delante. Afortunadamente, antes de poner rumbo al sur de la isla para pasar la última semana de vacaciones de relax junto al mar y la piscina, tomé la precaución de extraer de la librería de casa un libro más, por si acaso. Hice bien.




Entradas anteriores:


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lunes, 18 de agosto de 2008

LECTURAS AL SOL (II) - El Imperio

Esta es la segunda entrega de LECTURAS AL SOL (ver post anterior). Es por tanto, la continuación del viaje literario que realicé en el pasado mes de julio, en mis vacaciones junto a mi familia. La lectura de las cuatro obras que dieron lugar a esta serie de artículos coincidió en buena parte con el otro viaje, el turístico, que hicimos por la provincia de Teruel (Aragón) y sus alrededores. Antes de comenzar, me permito sugerir al amable visitante de este blog que, si no lo ha hecho, lea antes el primero de los artículos de la serie.

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Acabé de leer la última página de El fuego del cielo la noche antes del regreso a casa, cuando aún nos aguardaba el trayecto de vuelta en avión, que se vio inesperadamente prolongado por un retraso de varias horas en la salida del vuelo. O, dicho de otro modo, las librerías del aeropuerto de Barajas (Madrid) habían ganado un cliente. Desde luego, no estaba dispuesto a adquirir uno de los superventas del verano por los abusivos precios del muy lucrativo negocio de AENA en las terminales de embarque, pero aún así, me dirigí sin mucha fe hacia uno de los quioscos. Comencé a ojear los títulos y sus precios, siempre al doble de lo que se pide en las librerías de cualquier ciudad. Entonces reparé en una montaña de libros de bolsillo, pésimamente encuadernados, todos a cinco euros, desordenados y con evidentes signos del tiempo que llevaban reposando en aquel lugar. Los fui revisando uno a uno hasta que apareció ante mí un nombre que despertó mi interés: Ryszard Kapuscinski (Polonia 1932-2007). Elevé la vista hacia el título para comprobar que no era uno de los que ya había leído. Sin averiguar siquiera el tema que trataba —¡qué más da, es Kapuscinski!—, me encaminé hacia la caja para pagar las que, presumiblemente, serían las trescientas cincuenta páginas que me llevarían hasta el final de mis vacaciones.



El genial escritor y periodista, Premio Príncipe de Asturias de Comunicación y Humanidades en 2003, tampoco me defraudó esta vez. El Imperio es una obra de arte, además de un manual sobre periodismo del tipo «ir, ver y contar» como lo definió el también periodista Eduardo Haro Tecglen. Pero sobre todo, de saber ir, saber ver —a veces incluso sin que se le permitiera mirar— y saber contar. Tras las primeras páginas me percaté de dos cosas: la primera, que en efecto, la encuadernación —por llamarlo de alguna forma— era tan nefasta que las hojas se desprendían con solo pasarlas. Y segundo, que me estaba embarcando en un texto bastante más denso que mis dos lecturas veraniegas anteriores, La Bodega y El fuego del cielo, algo, por otra parte, bastante previsible, teniendo en cuenta de quién se trataba. La extinta Unión Soviética es descrita en tres etapas de su historia a través del dibujo que va trazando el autor en el transcurso de otros tantos viajes por los vastos territorios del que llama, «el último Imperio» al estilo de Roma, la Inglaterra colonial, o la España de Carlos V y Felipe II. A quien pudiera interesarle, quiero advertir que para leer cualquiera de los libros de viajes de Kapuscinski es aconsejable proveerse de un buen mapa donde situar cada descripción, cada historia, cada acción y cada anécdota, para extraer todo el jugo a esa maravillosa experiencia.



Se trata de una obra imprescindible para conocer —que no entender— una de las más terribles épocas de Europa, y probablemente del mundo, que azotó a cientos de millones de personas y decenas de naciones, pueblos y culturas. ¿Y por qué no, «entender»? Porque no se puede. No, al menos, mediante la razón o la lógica humanas. La monstruosidad de los crímenes de Stalin, de sus partidarios y sus sucesores en el Kremlin, no es posible abarcarlos, ni siquiera desde una fría perspectiva histórica. Seguro que existen obras actualizadas —El Imperio es de 1993— con nuevos datos y mucha más información, pero dudo que sean capaces de poner ante nuestros ojos la realidad de aquellos años y en aquellas tierras, con tal fidelidad y realismo. La prosa empleada por Kapuscinski en este libro-reportaje provoca en el lector —al menos en mí— una mezcla de sentimientos encontrados, de admiración y espanto, impotencia y fe, serenidad y rabia. Impresiona su capacidad para ponerse en la piel del otro sin renunciar a la distancia necesaria para que el resultado siga siendo periodismo de máximo nivel. Cuando se ha acabado de leer uno de sus libros, es fácil deducir lo que piensa sobre la mayoría de las cosas sobre las que ha escrito; la crítica es intencionadamente visible, porque no está sutilmente enmascarada para colar la opinión por el hueco de la información. Sin embargo, y aunque abunda el análisis crítico, nos resultará imposible definir ideológicamente al autor. Uno de los elementos que con mayor claridad revela las tendencias de un periodista-escritor es la religión. En los textos como el que nos ocupa es inevitable la presencia repetida de referencias a las creencias, cultos y religiosidad popular en los territorios descritos. Tras leer El Imperio nadie será capaz de intuir la inclinación religiosa de Ryszard Kapuscinski, sin que ello tenga nada que ver con la frialdad o el desinterés, sino todo lo contrario; la fricción en tales asuntos es constante, sensible, y al mismo tiempo aséptica. Es lo que llamamos —lo escribo con cierto rubor por los tiempos que corren—, «objetividad», y que, en este caso, la representa a la perfección.



La narración de acontecimientos históricos, y de otros que tienen lugar en vivo durante el transcurso del viaje, son en ocasiones tan desgarradores como desconocidos para millones de ciudadanos occidentales. Salvo quienes expresamente se han interesado por ella, para la mayoría, es una sección de la historia, en aquella porción de tierra, inexistente. Las razones pueden ser muchas. Por un lado, estamos hablando del período de entreguerras, cuando Stalin desarrolló su «política» de expansión soviética. Y por otro, de la posguerra —tras la II Guerra Mundial—, con la Vieja Europa horrorizada y avergonzada por lo que hemos convenido en llamar el Holocausto. Los años siguientes a la guerra fueron los de los supervivientes de Auschwitz. Es cuando comienza a conocerse de verdad lo que había significado el horror nazi. La aberración fue tal, que no había tiempo para mirar detrás del tupido «telón de acero», en unos territorios muy lejanos a los de influencia de Occidente. Todos los esfuerzos de la Europa intelectual y política se centraron en llorar la tragedia, consolar a sus víctimas, purgar los crímenes y poner los medios para tratar de impedir que algo semejante pudiese volver a suceder. En 1948 se creó el poderoso Estado de Israel.



Mapa de la Unión Soviética en 1989, extraído de Wikipedia
(click en el mapa para ver en resolución original)



El caso es que entre 1929 y 1960, con una Europa agotada moral, política y económicamente, tuvo lugar en la Unión Soviética el mayor genocidio de la historia en el Viejo Continente. Sí, mayor, y tanto o más cruel, que la del Holocausto. No es cuestión de comparar —¿para qué comparar tales grados de monstruosidad?—, pero es necesario guardar un rincón destacado de la historia para las millones de víctimas de la inhumana crueldad de los lager (1) de Siberia, o de la condena a muerte por hambre impuesta, premeditada y conscientemente, a más de diez millones de ucranianos entre 1931 y 1932. Existe abundante producción cinematográfica y la llamada «literatura del Holocausto», cientos de monumentos, conmemoraciones y homenajes a las víctimas y a los supervivientes; aún hoy se busca, se juzga y se condena a los ya ancianos oficiales alemanes bajo cuyo mando se produjo la locura nazi; pero se habla muy poco sobre los 30 años de aniquilación soviética y los 70 de brutal represión. Un Régimen que fue capaz de uniformar las conciencias de casi 300 millones de seres humanos de tres generaciones, destruyendo su pasado y su historia individual y colectiva, ahogando su voluntad y su deseo de vivir —como máximo permitiéndoles sobrevivir—, debería estar bien presente en la conciencia colectiva occidental, desarrollada y democrática. Y yo creo que no lo está; no lo suficiente.



Merece la pena echar una ojeada a un extracto de El Imperio, en el que Kapuscinski relata su experiencia en el aeropuerto de Syktyvkar en 1989, en Siberia, después de que su vuelo hubiera sido desviado por algún desconocido motivo, y mientras esperaba a tomar un nuevo avión que le llevara a su destino en Vorkutá. La narración y las reflexiones del periodista son absolutamente brillantes y reveladoras para captar la esencia de lo que significó la Unión Soviética:

Stalin 1878 - 1953
  • «Eché un vistazo a mis vecinos. Erguidos e inmóviles, miraban fijamente hacia un punto en el espacio delante de ellos. Exactamente eso: inmóviles, miraban fijamente hacia un punto. No se detectaba en ellos ninguna muestra de impaciencia […] Me dirigí a uno de ellos con la pregunta de si sabía cuándo despegaríamos. Cuando uno hace una pregunta a alguien por alguna cosa, tiene que armarse de paciencia. Por la expresión del rostro del preguntado se nota que sólo ante este estímulo (una pregunta) el hombre en cuestión empieza a despertarse, a salir de su letargo y a emprender un largo y pesado viaje de regreso a la Tierra. Y eso precisa tiempo. Luego, en su cara aparece un ligero, e incluso divertido, asombro: ¿para qué pregunta este imbécil? No hay duda de que el preguntado tiene toda la razón cuando llama imbécil al preguntón, pues toda su experiencia le enseña que hacer preguntas no trae nada bueno, que la persona sólo sabrá tanto cuanto —sin necesidad de preguntar— quieran decirle (o, más bien, no decirle) y que, todo lo contrario, hacer preguntas es muy peligroso, pues haciéndolas uno puede acabar atrayendo una desgracia. A pesar de que ha pasado tiempo desde la época stalinista, la memoria sigue viva, y las experiencias, la tradición y los hábitos adquiridos en aquellos tiempos se han conservado, se han grabado en las conciencias de los hombres, y tardarán mucho en dejar de influir sobre sus comportamientos. ¿Cuántos de ellos (o de sus familiares o amigos) no habían ido a parar a un ‘lager’ sólo porque, durante una reunión o incluso una conversación privada, se les había ocurrido la idea de preguntar por esto o por aquello? […] De resultas de todo ello, en el Imperio había cada vez menos personas que hicieran preguntas, y por lo tanto, menos preguntas. Puesto que la forma interrogativa de la lengua se la habían adjudicado los oficiales de investigación, los llamados 'órganos del poder', la dictadura, la mera entonación de una frase que expresaba el deseo de enterarse de algo anunciaba peligro […] No obstante, la civilización que no hace preguntas, que coloca fuera de su marco el mundo de la inquietud, del criticismo y de la búsqueda, es una civilización paralizada, estancada e inerte. Pero eso era precisamente lo que pretendían los hombres del Kremlin, pues es más fácil imperar sobre un mundo mudo e inmóvil» (El Imperio).



Estos días hemos asistido al conflicto bélico entre Rusia y Georgia por los territorios separatistas de Osetia y Abjazia, con las tropas de élite de Moscú habiendo tomado el aeropuerto de Tbilisi. A la vista de estos hechos no puedo evitar releer y compartir algunos párrafos más del libro:


  • Viaje de 1989: «Creo que todo georgiano, todo habitante del Cáucaso, tiene codificado en su memoria un mapa de estas características. Ha ido aprendiendo sus detalles desde niño: en su casa, en su pueblo, en su calle. Es un mapa ‘memento’, el de las amenazas. "Cuidado, en esta casa vive un osetio…", "Éste es un pueblo abjazo, más vale que lo evites…", "No vayas por este sendero porque no eres georgiano. Los georgianos no te lo perdonarán nunca…" […] El Cáucaso es un riquísimo mosaico étnico tejido con un número infinito de pequeños, a veces incluso insignificantes, grupos, clanes, tribus […] Aquí todo ha sido fijado, decidido y definido en tiempos que se pierden en los albores de la historia. A la hora de la verdad, nadie es capaz de contestar por qué armenios y azeríes se odian tanto. ¡Se odian y punto! […] Por lo general son cordiales, bondadosos, hospitalarios, al fin y al cabo saben convivir en paz y armonía durante años, hasta que, de repente, ¡ha pasado algo! ¿Qué? Ni siquiera lo preguntan, no atienden a razones, sino que enseguida se pertrechan con sus ‘kindjals’ (puñales) y sables —hoy con metralletas y bazucas—, y, exaltados y soliviantados, se abalanzan sobre el enemigo y no descansan hasta que no ven correr su sangre […] Por ejemplo: cien mil abjazos quieren abandonar Georgia y crear un Estado propio. No se les puede reprochar. Abjazia es uno de los parajes más bellos del mundo […] Pero, siendo Abjazia un bocado tan sabroso, ¿la soltará Georgia? Los Georgianos suman cuatro millones y los abjazos, cien mil. No es difícil prever quién tiene mayores posibilidades de éxito» (El Imperio, 1993) (2).



(1) Los ‘lager’ eran los campos de trabajos forzados en Siberia. Allí iban a parar los condenados por «traición», una sentencia que se aplicaba con suma facilidad por cualquier motivo, por absurdo que pudiera parecer. Nadie estaba libre de acabar algún día acusado y condenado por tal delito. La vida    —si es que se le puede llamar así— en un ‘lager’, no era peor que el propio traslado de los prisioneros a lo largo de miles de kilómetros a pie, sobre la nieve, con temperaturas de 35 grados bajo cero. Nunca se sabrá a ciencia cierta, pero se estima que aproximadamente 60 millones de personas murieron a causa del terror stalinista entre 1929 y 1953, la mayoría en Siberia, en los ‘lager’ o durante el trayecto. La mayor parte de los que sobrevivieron, después de años de torturas y trabajo animal, acabaron dementes y encerrados en manicomios, o pusieron fin a sus vidas suicidándose. Así lo esboza Kapuscinsk en un primer acercamiento a los hechos: «Ese peregrinaje del deportado no es sólo un traslado en el tiempo y en el espacio. También lo acompaña un proceso de deshumanización: el que llega a su destino (si no se ha muerto en el curso del viaje) ya ha sido desposeído de todo lo humano. No tiene nombre, no sabe dónde está, ignora qué harán con él. Lo han privado de la lengua: nadie quiere hablar con él. No es más que un bulto, un objeto, un juguete» (El Imperio).



(2) En 1993 la Unión Soviética estaba en pleno período de desmembración. Los sucesos de estos en días en Georgia no son más que la consecuencia lógica de todo lo que aconteció en aquellos años. La diferencia es que ahora, Occidente, y muy especialmente Estados Unidos, sí tienen intereses económicos en la zona.