PARTIDO PEQUEÑO, IDEAS GRANDES
‘Lo cómodo es vivir en la convicción de que no existe remedio para las injusticias... Es mucho más doloroso saber que existe solución, y que a pesar de ello somos incapaces de alcanzarla...’
Como animador de jóvenes suelo motivar a los grupos que empiezan con la posibilidad de cambiar el mundo. Confieso que me aprovecho de la especial sensibilidad que se tiene a esa edad respecto a las injusticias, esa natural rebeldía contra lo establecido, ese ansia de ser protagonistas, héroes. El punto de partida es una pregunta: «¿Saben que si nos pusiéramos todos de acuerdo el hambre desaparecería del mundo en cinco minutos?». Me suelen mirar con asombro, incrédulos. Y, sin embargo, no es mentira, ni siquiera una exageración. Lo difícil es ponernos de acuerdo, sólo eso —o nada menos que eso—. Se trata de una decisión de muchas personas, en muchos lugares y todos al mismo tiempo, pero, al fin y al cabo, una simple decisión. Y resulta que treinta años después estoy en el mismo sitio que tras la clase de religión de sexto curso; desconcertado y preguntándome por qué no se hace si es tan sencillo… Imagino que lo cómodo es vivir en la falsa convicción de que no existe remedio para las injusticias, la miseria y el hambre. Es mucho más doloroso saber que existe solución, que está a nuestro alcance, y que a pesar de ello somos incapaces de ponerla en práctica.
Acabo de conocer el partido político PUM+J (Por un Mundo Más Justo). Uno de sus eslóganes tiene mucho que ver con mi inquietud infantil: «Acabar con la pobreza es una decisión política», afirman. Y añaden, «Somos la primera generación que de verdad puede acabar con la pobreza […] Luchar contra ella no es de derechas ni de izquierdas». He leído de principio a fin su ideario político y sus propuestas de acción, y les aseguro que no viven en la luna. Saben lo que dicen y están convencidos de lo que hacen. Es verdad que su marco programático es muy limitado; su único fin es erradicar la pobreza en el mundo, pero, ¿acaso existe alguna idea, objetivo o fin más importante que ése? ¿No debería ser la prioridad absoluta de los seres humanos en todo el planeta? ¿No nos da vergüenza discutir sobre Educación para la Ciudadanía o la Ley para la Memoria Histórica, o incluso sobre el aborto, sin haber resuelto antes —o al menos simultáneamente— el hambre en el mundo? ¿Cómo pueden hablar encendidamente y sin sonrojarse de «lo conveniente para Europa», «lo mejor para España», o «lo que necesita Canarias», sin más, como si ello no influyese en las vidas del resto de los seres humanos que habitan La Tierra? ¿De verdad ninguno se pregunta si algunas de esas cosas que «tanto necesitamos» no serán precisamente las que perjudican a África y Asia...? Quizás lo saben y les da igual.He escrito que los nacionalismos son egoístas, por definición, y potencialmente peligrosos. Pero tan nacionalismo es el que se mira el ombligo autonómico en Cataluña, el País Vasco o Canarias como el que sólo defiende los intereses de España o la Unión Europea. Su egoísmo engloba una extensión geográfica mayor, pero nada más. Hacer política contra la pobreza en el mundo exige practicar una política económica, educativa, sanitaria y social coherente con esos principios en Canarias, en España y en Europa. No digo que prescindamos de los gobiernos nacionales y locales, no estoy delirando. Éstos deben ser los que administren de forma eficaz nuestras comunidades geopolíticas, pero sí necesitamos que en los grandes ámbitos de decisión estén representados partidos cuyas miras se elevan por encima de las fronteras y sus alambradas, porque no hay ninguna razón para defender con más ahínco la supresión de los crucifijos de las aulas, que los derechos de «los niños de la guerra».
En la serie «Creo en la política», en este mismo blog, escribí que todos tenemos el deber moral de participar en política a través del asociacionismo o dentro de los aparatos de los partidos. La política tiene la culpa de casi todo, pero también en la política está la solución. Y por eso me alegré de que PUM+J no sea una ONG, ni siquiera una extensión de alguna, sino un partido político puro y duro. Tenemos alternativas para dejar de pensar sólo en nosotros mismos y en nuestras hipotecas, al menos por un momento, y entregarnos a la placentera sensación de que sobrevolamos en grandeza de espíritu a todos esos miopes gobernantes. Tú decides si te apuntas a un partido grande con ideas pequeñas o a un partido pequeño con ideas grandes.




















