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martes, 2 de junio de 2009

PARTIDO PEQUEÑO, IDEAS GRANDES

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‘Lo cómodo es vivir en la convicción de que no existe remedio para las injusticias... Es mucho más doloroso saber que existe solución, y que a pesar de ello somos incapaces de alcanzarla...’



Cuando tenía 10 años, un día en clase de religión debatíamos sobre el hambre en el mundo. Es curioso porque no conservo ni un recuerdo más de esta asignatura en todo el curso, y del resto de materias apenas algunos detalles. Por alguna razón que desconozco esta escena se me quedó grabada con absoluta nitidez. Puedo ver el aula y la ubicación de mi pupitre, y hasta revivir el diálogo que tuvo lugar. Levanté la mano y di mi opinión —¿Cuántas personas hay en España, un millón...?— pregunté. Supongo que mi maestra no quiso corregirme en ese momento y asintió. Proseguí —Si cada español da una peseta ¡tendríamos un millón!— exclamé. Recuerdo la felicitación de la profesora y el extraño sentimiento que me quedó. Continué rumiando durante varios días mi «genial» idea, orgulloso por la aportación y, al mismo tiempo, desconcertado porque a nadie más se le hubiera ocurrido, ¡con lo sencillo que resultaría acabar con la pobreza! Supongo que después lo olvidé todo. O, tal vez, quedó aislado en algún lugar del subconsciente y, llegado el momento, brotó nuevamente la misma idea, pero evolucionada, acorde con mi madurez intelectual y humana.

Como animador de jóvenes suelo motivar a los grupos que empiezan con la posibilidad de cambiar el mundo. Confieso que me aprovecho de la especial sensibilidad que se tiene a esa edad respecto a las injusticias, esa natural rebeldía contra lo establecido, ese ansia de ser protagonistas, héroes. El punto de partida es una pregunta: «¿Saben que si nos pusiéramos todos de acuerdo el hambre desaparecería del mundo en cinco minutos?». Me suelen mirar con asombro, incrédulos. Y, sin embargo, no es mentira, ni siquiera una exageración. Lo difícil es ponernos de acuerdo, sólo eso —o nada menos que eso—. Se trata de una decisión de muchas personas, en muchos lugares y todos al mismo tiempo, pero, al fin y al cabo, una simple decisión. Y resulta que treinta años después estoy en el mismo sitio que tras la clase de religión de sexto curso; desconcertado y preguntándome por qué no se hace si es tan sencillo… Imagino que lo cómodo es vivir en la falsa convicción de que no existe remedio para las injusticias, la miseria y el hambre. Es mucho más doloroso saber que existe solución, que está a nuestro alcance, y que a pesar de ello somos incapaces de ponerla en práctica.


Acabo de conocer el partido político PUM+J (Por un Mundo Más Justo). Uno de sus eslóganes tiene mucho que ver con mi inquietud infantil: «Acabar con la pobreza es una decisión política», afirman. Y añaden, «Somos la primera generación que de verdad puede acabar con la pobreza […] Luchar contra ella no es de derechas ni de izquierdas». He leído de principio a fin su ideario político y sus propuestas de acción, y les aseguro que no viven en la luna. Saben lo que dicen y están convencidos de lo que hacen. Es verdad que su marco programático es muy limitado; su único fin es erradicar la pobreza en el mundo, pero, ¿acaso existe alguna idea, objetivo o fin más importante que ése? ¿No debería ser la prioridad absoluta de los seres humanos en todo el planeta? ¿No nos da vergüenza discutir sobre Educación para la Ciudadanía o la Ley para la Memoria Histórica, o incluso sobre el aborto, sin haber resuelto antes —o al menos simultáneamente— el hambre en el mundo? ¿Cómo pueden hablar encendidamente y sin sonrojarse de «lo conveniente para Europa», «lo mejor para España», o «lo que necesita Canarias», sin más, como si ello no influyese en las vidas del resto de los seres humanos que habitan La Tierra? ¿De verdad ninguno se pregunta si algunas de esas cosas que «tanto necesitamos» no serán precisamente las que perjudican a África y Asia...? Quizás lo saben y les da igual.

He escrito que los nacionalismos son egoístas, por definición, y potencialmente peligrosos. Pero tan nacionalismo es el que se mira el ombligo autonómico en Cataluña, el País Vasco o Canarias como el que sólo defiende los intereses de España o la Unión Europea. Su egoísmo engloba una extensión geográfica mayor, pero nada más. Hacer política contra la pobreza en el mundo exige practicar una política económica, educativa, sanitaria y social coherente con esos principios en Canarias, en España y en Europa. No digo que prescindamos de los gobiernos nacionales y locales, no estoy delirando. Éstos deben ser los que administren de forma eficaz nuestras comunidades geopolíticas, pero sí necesitamos que en los grandes ámbitos de decisión estén representados partidos cuyas miras se elevan por encima de las fronteras y sus alambradas, porque no hay ninguna razón para defender con más ahínco la supresión de los crucifijos de las aulas, que los derechos de «los niños de la guerra».

En la serie «Creo en la política», en este mismo blog, escribí que todos tenemos el deber moral de participar en política a través del asociacionismo o dentro de los aparatos de los partidos. La política tiene la culpa de casi todo, pero también en la política está la solución. Y por eso me alegré de que PUM+J no sea una ONG, ni siquiera una extensión de alguna, sino un partido político puro y duro. Tenemos alternativas para dejar de pensar sólo en nosotros mismos y en nuestras hipotecas, al menos por un momento, y entregarnos a la placentera sensación de que sobrevolamos en grandeza de espíritu a todos esos miopes gobernantes. Tú decides si te apuntas a un partido grande con ideas pequeñas o a un partido pequeño con ideas grandes.




martes, 25 de marzo de 2008

CREO EN LA POLÍTICA III (y último)

Mi hijo Daniel, de seis años, aún no distingue con claridad la izquierda de la derecha. Le veo hacer grandes esfuerzos por acertar cada vez que surge la ocasión, pero se equivoca con frecuencia. Y no le culpo. Yo mismo tengo serias dificultades para diferenciarlas, y ya tengo bastantes años. Me refiero a mi derecha e izquierda políticas, claro está.

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Viñeta de Andrés Rábago (El Roto) publicada hace años
pero de plena vigencia. Actualmente publica en El País.



Mes y medio antes de las elecciones recibí una llamada para participar en una encuesta telefónica sobre intención de voto, según me informaron —tras las primeras preguntas deduje que se trataba de un trabajo encargado por el partido nacionalista canario de reciente fundación, «Nueva Canarias», aunque esto es irrelevante para lo que hoy nos ocupa—. En ese momento tenía tiempo y me dispuse a contestar; la voz femenina al otro lado del hilo telefónico ignoraba que le había caído el «marrón» de la tarde. Después de «examinarme» sobre política canaria —quién ocupa tal o cual cargo, qué partido gobierna en esta o aquella institución— llegó el apartado de mis ideas y opiniones:


—¿Se considera de «izquierda» o de «derecha»? —comenzó—.

—Según el concepto al uso de «izquierda» y «derecha» no soy ni de una, ni de la otra.

—Entonces... de centro —concluyó, mientras parecía anotarlo en el recuadro correspondiente—.

—No —atajé—.

—¿¡No!? ¿Entonces qué pongo? —preguntó sorprendida—.

—Pues no lo sé, dígamelo usted. Le daré algunas pistas: soy cristiano, católico, contrario al aborto y a la pena de muerte. Soy partidario de una apuesta decidida por políticas de cooperación internacional con los países empobrecidos y la condonación de su deuda externa, aunque eso suponga tener que rebajar parcialmente el nivel de vida de la población en los países ricos; creo en el reparto justo de la riqueza, en España y en el mundo. No me defino como «antisistema», pero denuncio las estructuras económicas que rigen el planeta, y condeno el capitalismo salvaje y el abuso de poder de las multinacionales. Defiendo la intervención moderada del Estado en la economía y la protección del medio ambiente como prioridad política. Me manifesté en las calles contra la Guerra de Irak y me puse en primera fila en la huelga de los trabajadores de la empresa para la que trabajo. No he probado la marihuana y jamás lo haré. Creo en el matrimonio «para toda la vida» y en la familia «tradicional» como vertebradoras de la sociedad, frente a las nuevas «modalidades», sin condenarlas. Me declaro objetor de conciencia a la asignatura de «Educación para la Ciudadanía», al tiempo que considero que la de «Religión Católica» debe ser opcional y no calificable; tampoco me escandalizaría su desaparición de las aulas. Creo en una educación de calidad al alcance de todos como la herramienta fundamental para la consecución de una sociedad más libre. Considero a los nacionalismos como excluyentes en general y potencialmente peligrosos, aunque no intrínsecamente. Soy un enérgico defensor de la igualdad de género, pero rechazo la Ley de Paridad aprobada por el Gobierno. Prohibiría las corridas de toros y el boxeo. Me identifico con la música y la poesía de Silvio Rodríguez pero no con el Régimen que representa políticamente... —Para ser sincero, la retahíla no fue tan extensa y pormenorizada, pero en esencia es lo que transmitía—.

—Entiendo...—acertó a decir confusa mi casual víctima, y sin darme tiempo a añadir nada más formuló la siguiente pregunta. Ignoro qué puso en la casilla de la anterior—.


Cada una de mis respuestas se alargó mucho más de lo que mi interlocutora hubiera deseado a tenor del tono de su voz, pero yo me resistía a responder con un «sí» o un «no», o elegir alguna de las opciones de una lista en relación a cuestiones que a mi juicio exigían matices. Media hora después se despidió amablemente; más de lo que yo lo hubiera hecho en su lugar. En cuanto al cuestionario, si no lo rompió, imagino que lo rellenó lo mejor que pudo, dadas las circunstancias.


Podría pensarse que mi intención era pasar por un personaje inclasificable, por tanto singular, y alimentar así algún tipo de extravagancia egocentrista. No es eso. De hecho, no creo que lo expuesto sea algo tan excepcional. Lo que sucede es que aspiro a que mis idas sean consideradas, enjuiciadas, y llegado el caso, criticadas, individualmente y no como un «pack» ideológico indivisible, compuesto por clichés impuestos arbitrariamente. Las acepciones de «derecha» e «izquierda» más extendidas en la actualidad conducen irremediablemente al etiquetado ideológico de las personas en base a presupuestos falsos. Falacias como que «los católicos practicantes son de derecha», que «para ser de izquierda hay que defender el aborto», que «el matrimonio y la familia son conceptos de la derecha», que «la defensa del medio ambiente y el pacifismo es propio de la izquierda» o que «la bandera es de la derecha» son asumidas como verdades incuestionables —a fuerza de martilleante repetición— por una gran parte de la ciudadanía, esgrimidas por los políticos para marcar su territorio y utilizadas sistemáticamente por los periodistas especializados en tertulias y artículos de opinión. Es como si entre todos hubiéramos convenido vivir en una gigantesca mentira de la que ya no podemos —¿ni queremos?— bajarnos. No debe extrañarnos entonces, que los sociólogos diseñen encuestas de opinión tan cuadriculadas.


Viñeta del humorista gráfico Juan Ramón Mora tras las pasadas Elecciones Generales


En la actualidad, la definición de «izquierda» y «derecha» está inmersa en un encarnizado debate (1) que asciende hasta el terreno de la filosofía, una vez que el concepto marxista de «la lucha de clases» ha quedado obsoleto. Las dos palabras más utilizadas para distinguir ideológicamente a ambos bandos políticos, «progresista» y «conservador», son tan inconsistentes, tan «cajón de sastre» para llenarlo de lo que a cada uno le plazca, tan vagas, que lo quieren abarcar todo y no significan nada. De ahí la necesidad de uniformar a los «fieles» con modas a las que llaman ideología y que apenas alcanzan el grado de ocurrencia, o peor aún, contraposición a la ocurrencia del otro. Mariano Rajoy protagonizó un memorable episodio reciente cuando se dejó llevar por la inercia de la oposición al cuestionar la preocupación mundial por el Cambio Climático y citar
el pronóstico del tiempo de su primo, Catedrático en Física —¿Tú blanco? pues yo negro... ¡porque sí!—. Por otra parte, tampoco resultan difíciles de entender los motivos de esta dramática simpleza de los contenidos ideológico-programáticos de los partidos políticos españoles, sobre todo del PSOE y del PP: en lo fundamental se parecen tanto —en economía y reparto de la riqueza, política social y del Exterior les separan detalles insignificantes— que necesitan elevar a la categoría de ideario su conjunto de ocurrencias. Y así, los ciudadanos de a pie creemos que somos de «izquierda» o de «derecha» en función de tales sandeces.


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España acaba de elegir a sus gobernantes para los próximos cuatro años y ha optado por una «izquierda» enlatada y etiquetada, con sus correspondientes conservantes y colorantes. Hemos ejercido nuestro derecho al voto, «partícipes» de la democracia por un día. Y así debe ser. Pero es ahora cuando comienza —o debería hacerlo— nuestra participación real en la actividad política. Porque yo creo en la política y no en la revolución. Como la lluvia que empapa, y no la tromba de agua que destruye. Pero no dejemos la política solo en manos de los políticos. No descarto que sean ellos los que acaben llevando a la práctica la transformación de nuestras injustas estructuras sociales y económicas, pero será gracias a la presión que ejerzamos los gobernados, creando las condiciones ambientales previamente. No olvidemos que el poder de la democracia reside en las mayorías, y que si éstas aciertan a empujar en la dirección correcta —no siempre lo hacen—, tienen en su mano conducirnos hacia el verdadero Bien Común. Por tanto, se trata, nada más y nada menos, de propiciar el clima social adecuado que lleve a los gobernantes de turno a ejecutar las acciones necesarias para el cambio. Estoy hablando de la progresiva penetración en la sociedad de nuevas sensibilidades que acaben por hacerse un hueco cada vez mayor en la agenda política; será tanto mayor cuanto más dominante sea su presencia entre la población.




No es ingenuo lo que planteo. Ya ha sucedido y está sucediendo, por ejemplo, respecto al Cambio Climático al que me he referido anteriormente. Hace unos años hubiera sido impensable que algún partido político que no fueran «Los Verdes», hubiera incluido en su programa electoral un apartado dedicado al problema medioambiental y que hubiera formado parte del debate político de una legislatura. Actualmente lo es hasta el punto de que los dos grandes partidos compiten por ver quién es más ecologista, proponiendo, entre otras cosas, la plantación de millones de árboles. Son gestos insuficientes, pero es indudable que la preocupación se ha instalado sólidamente en la cabeza de nuestras autorides y estoy seguro de que pronto redundará en nuevas medidas que se irán ampliando con el paso de los años. El mérito mediático se lo han adjudicado personajes como el estadista norteamericano Al Gore, que incluso ha recibido el Premio Nobel de la Paz, pero sabemos que en realidad es de los colectivos ecologistas y científicos que llevan años haciéndose escuchar, hasta que lentamente su mensaje ha ido calando, creándose una corriente social imparable que ha convertido a la ecología en materia «rentable» políticamente. Otros casos similares fueron la implantación de leyes contra las barreras arquitectónicas de las ciudades, la lucha por la igualdad de la mujer y contra la violencia de género, o más tímidamente, la adjudicación del 0,7% del PIB al desarrollo de los países empobrecidos. Todas las medidas han respondido a movimientos sociales nacidos de organizaciones, colectivos, asociaciones y medios de comunicación, que lograron que sus reivindicaciones obtuvieran el suficiente respaldo popular para que moviese al Estado a darle respuesta.



Viñeta de Forges publicada en El País

He escrito en un artículo anterior que los políticos le dirán a la gente lo que quiere oír —aquello que creen que les proporcionará más votos— y lo incluirán en sus programas electorales. Pues aprovechémonos de ello. Ayudemos a generar reflexión, debate y toma de posturas que en algún momento puedan hacer efecto y extenderse con tal fuerza, que una mayoría democrática obligue a los partidos políticos a insertarlas en sus planes de acción. Si en los informes del Instituto Nacional de Estadística se palpara que la preocupación por el hambre en el mundo ocupa los primeros puestos entre los españoles, ¿creen que no tendría reflejo en las propuestas de los partidos políticos? Por eso repito una vez más: ¡creo en la política! Y no me escudaré en toda la crítica que he vertido en esta serie de artículos sobre los políticos para entregarme al pesimismo, sino que aprovecharé todas las herramientas que ponga a mi alcance el Estado para tratar de influir en la toma de decisiones. Lo que no haré es calmar mi conciencia ciudadana yendo únicamente a votar cada cuatro años por alguno de los rostros maquillados de los carteles electorales.




Imagen tomada de la web de «Radio Klara» que ilustra con ironía
la actitud no confesada de los partidos políticos tras unos comicios.




Acabaré diciendo que rompo una lanza en favor de los políticos honrados y realmente comprometidos con el servicio a los ciudadanos. Sé que los hay, aunque sean menos visibles de lo que nos gustaría, pero en la medida en que el tejido social que logremos hilvanar abarque a un mayor número de personas, también la forma de acercarse a la política, de acceder al liderazgo y ejercer la responsabilidad de gobernar se irá recomponiendo. Así, transmitiendo a nuestros hijos el valor de la reflexión, la crítica y el compromiso, lograremos que algún día distingan por fin la izquierda de la derecha, se posicionen y se encaminen hacia un mundo más habitable.



(ı) Merece la pena leer el artículo del economista peruano Fernando Sánchez Cuadros publicado en Txacata y Rebelión «Sobre lo que significa ser de izquierda»


Artículos anteriores de la serie:
Creo en la política i
Creo en la política II: la escala de valores


Otros artículos sobre política en «Soy cristiano»:
El voto egoísta
Católicos en política
Mercado Persa
El éxito económico de España, el G8 y la inmigración






lunes, 3 de marzo de 2008

EL VOTO EGOÍSTA

¿Votaría usted a un partido que propusiese subir los impuestos, para dedicarlos a condonar la deuda externa de los países empobrecidos? No le hablo de dejar de llevar comida a su mesa, sino de subir ligeramente la presión fiscal para ayudar al planeta y a los que viven en él, sacrificando apenas unas migajas de nuestros caprichos. Este es solo un ejemplo que nos puede ayudar a medir nuestra escala de valores al introducir nuestro voto en una urna.

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Quién no ha oído hablar del famoso «voto útil» del que sacan tajada PP y PSOE en cada convocatoria de elecciones. O del «voto cautivo», cuya sola mención nos hace viajar en el tiempo, hasta la Andalucía de los años 80 y 90, cuando Felipe González atemorizaba a los ancianos y a los desempleados con quedarse sin sus prestaciones sociales si ganaba la «derecha». El chantaje ha resultado ser tan eficaz que ahora todos lo practican. El «voto de castigo» es otro viejo conocido de los comicios, y que según los expertos dio la victoria a José María Aznar en 1996. Mucho menos nombrado, aunque no inexistente en el análisis sociológico, es el «voto egoísta».


Dispuesto a utilizar este término en el presente artículo, realicé una búsqueda en Google para averiguar lo original de mi ocurrencia. Suponía que no sería el primero en mentarlo, aunque el sonido de su pronunciación no le resultaba demasiado familiar a mis oídos. Y así es, existen referencias, pero son pocas. En algunas de ellas se eleva a la categoría de valor el concepto de «egoísmo», ideal —y casi imprescindible según sus partidarios— para decidir el voto «adecuadamente» en unas elecciones. El escritor Fernando Sánchez Dragó lo promueve en un artículo publicado en «El Mundo», colgado también en su blog particular bajo el título «Reflexiones electorales de un ciudadano excéntrico», con motivo de las Elecciones Autonómicas y Municipales de mayo pasado. No sé por qué no me sorprende. A su más puro estilo, parapetado en sus 70 años y su bien ganado título honorífico de intelectual de España, se permite burlarse de quienes creemos que la democracia de un país madura —entre otras cosas— en la medida en que dejamos de pensar exclusivamente en nosotros mismos; en relación al voto y a cualquier otra decisión que exija decantarse por una alternativa entre varias. Pero no tenía yo intención de polemizar en estas líneas con el conductor de Diario de la Noche de Telemadrid, sino más bien reflexionar en voz alta sobre el modo más razonable de depositar el voto en una urna.



Los líderes políticos, siempre bien asesorados, cuentan con nuestro egoísmo —"defensa propia", según Sánchez Dragó— a la hora de votar, y sobre esa base diseñan su estrategia de campaña. Le dicen a cada colectivo, y si pudieran a cada persona, exactamente lo que quiere oír. Por supuesto, saben que no pueden cumplir con todos, entre otras cosas, porque muchas de sus promesas son incompatibles entre sí, algo que trae sin cuidado a los reyes de la demagogia. El voto egoísta consiste en dar nuestro apoyo al mejor postor, así que los hombres-cartel solo tienen que esforzarse en subir la oferta, que después adornarán con pinceladas de política social, política económica eficaz, o cualquier otra mentira semejante.


Otra tara de la democracia la encontramos en el «voto forofo». Los forofos son los incondicionales —aún sin ser militantes—, que por definición, no ponen condiciones, no dudan, no critican, no exigen, no reflexionan sobre la conveniencia de votar a «su» partido. Más que partidarios de un programa político, son aficionados «ultras» de unas siglas, como lo son los hinchas de un equipo de fútbol —¡los colores son los colores!—, con la diferencia de que los resultados deportivos no tienen consecuencias en las leyes y la economía, mientras que los resultados electorales sí. Es por tanto, una actitud irresponsable.


En el lado contrario se sitúan los indecisos. A mi juicio, ésta es la actitud que denota mayor madurez. El indeciso necesita información para decantarse, y la analizará, previsiblemente, de modo aséptico, aunque siempre bañada en su propia ideología, cuando la hay. Esto no quiere decir que no se deba militar en un partido político. Todo lo contrario. Pero los militantes deben ser los más críticos con sus propios dirigentes, haciendo oír su voz y creando corrientes de opinión internas. Yendo aún más lejos, un militante coherente con sus ideas, será capaz de votar en blanco, o incluso por otro partido, si la dirección programática del suyo le parece inadmisible en determinado momento, lo cual no exige que abandone su afiliación, sino que continúe trabajando para ayudar a recuperar el rumbo que un día le hizo pedir el carnet.


Tampoco puedo obviar en mi reflexión la gran pregunta que nos hacemos muchos católicos cuando llega el momento de votar: ¿existe el «voto cristiano»? Mi opinión es que sí, pero no corresponde a unas siglas determinadas, sino a la forma global de aproximarse a la política. En concreto, el voto de un cristiano debe ser la antítesis del «voto forofo» y del «voto egoísta». Del primero por irreflexivo y del segundo por antievangélico. La preocupación por las consecuencias del voto en la defensa de los más desfavorecidos —aunque no estemos entre ellos—, en la educación —aunque no tengamos hijos—, en la igualdad de género —aunque no seamos mujer—, en la lucha contra el hambre en el mundo —aunque seamos españoles y estemos a dieta—, por poner algunos ejemplos, debe ser la base de una decisión coherente con nuestra fe. Y por supuesto, la participación ciudadana, más allá de los comicios.


«Las elecciones son la fiesta de la democracia», le encanta proclamar solemnemente a los líderes políticos. En sentido estricto, es más bien la fiesta de ellos. Es cuando reciben el baño de masas que les situará en algún despacho desde el que gobernarán durante los siguientes cuatro años, sin tener la menor intención de volver a escucharnos en ese tiempo. Por eso, participar en la democracia es mucho más que depositar el voto en una urna —eso es lo que a ellos les gustaría para tener un mandato apacible y sin sobresaltos—. Quien vota se compromete a seguir de cerca la acción política de sus gobernantes para formarse su propia opinión, y desde sus posibilidades, ejercer presión para que las ideas por las que dio su apoyo a un programa electoral, o por las que no se lo dio a ninguno —voto en blanco—, se vean reflejadas en las decisiones que se toman. Cualquier ámbito es válido para hacerlo: partidos políticos, sindicatos, asociaciones vecinales, ONG, agrupaciones culturales, el APA y el Consejo Escolar de los centros educativos, movimientos religiosos...

Esta es la democracia en la que creo, a la que aspiro y por la que trabajo, orientado por mi fe. Por mucho que Fernando Sánchez Dragó me califique por ello como «nocivo» para mis semejantes.




viernes, 29 de febrero de 2008

CATÓLICOS EN POLÍTICA I (José Bono)

José Bono (PSOE), Jaime Mayor Oreja (PP) y Marcial Morales (CC) fueron los conferenciantes invitados a las jornadas «Católicos en política», organizadas por el Aula «Manuel Alemán» de la Universidad de Las Palmas de Gran Canaria. Los tres se declaran católicos practicantes, los tres afirman estar en política como consecuencia de su fe, y los tres aseguran sentirse coherentes siendo cristianos y militantes de sus respectivos partidos.

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Vídeo de producción propia, disponible para descargar y compartir en Google Video (15 min.)


LA FORMA

José Bono no defraudó. Hizo gala de su reconocida oratoria manejando perfectamente los tiempos, alternando pasajes leídos con otros improvisados, reforzando su argumentación con citas y acontecimientos históricos, captando la atención del auditorio mediante la inflexión de la voz a conveniencia y relatando divertidas anécdotas. Demostrando, en definitiva, seguridad sin fisuras en sus convicciones, con la habilidad añadida de convertir cada una de sus afirmaciones en un titular periodístico. Sin duda, todos los presentes disfrutamos con la disertación de un exquisito comunicador.


EL FONDO

.......José Bono en un momento de la conferencia
Desde el primer momento, Bono quiso dejar clara su autonomía, su independencia y su «libertad de pensar» y discrepar dentro las dos grandes organizaciones a las que pertenece —Iglesia y PSOE—, sin que por eso deba dejar de formar parte de alguna de ellas. Criticó la tendencia a pensar «milimétricamente igual», así como el sectarismo interno, que clasifica a sus miembros según su mayor o menor ortodoxia respecto de los postulados doctrinales dominantes. El aspirante a presidir la Cámara de Diputados en la próxima legislatura se preocupó de equilibrar defectos y virtudes en la historia y en el funcionamiento actual de ambas instituciones. De su partido dijo que «necesita renovación», y señaló como «un buen camino el esfuerzo por establecer puentes con los valores cristianos» para hallar puntos de encuentro en los principios universales de la solidaridad, evitando «topar con la Iglesia»; de ésta criticó su dogmatismo y apego al poder en muchos momentos; y de ambos, denunció la «intransigencia y la intolerancia» que históricamente han practicado de modo recíproco. Tampoco dudó en censurar a quienes desde el PSOE exigían romper los convenios con la Santa Sede, por considerarlo una ofensa a los «millones de cristianos comprometidos» con los más desfavorecidos del planeta. No faltó la alusión al Partido Popular, al que acusó en repetidas ocasiones de pretender erigirse en el partido de los católicos y de predicar unos valores que no practica, por ejemplo, respecto a la inmigración.


LA CRÍTICA

Creo haber escuchado el testimonio de un creyente sincero y convencido, que reúne el mérito de tener que soportar el recelo con que le miran «los unos por ser de los otros y los otros por ser de los unos». También «necesitado de salvación», como él mismo reconoció al principio del acto —al fin y al cabo, como todos los mortales—, Bono dedicó la mayor parte de su discurso a tratar de convencer a la audiencia de que es posible ser católico y socialista. Por lo que a mí respecta, fue algo del todo innecesario porque soy un convencido: ¡claro que se puede ser católico y socialista! En lo que mantengo más dudas es en que el PSOE sea realmente socialista; lamentablemente, no han quedado despejadas después de escuchar al ex ministro de Defensa. El PSOE pretende ser identificado como tal, exagerando hasta lo grotesco algunas poses —a mi juicio impostadas— a las que llama
conquistas sociales, prescindiendo de lo elemental de una ideología que aspira a construir el mundo desde las bases de la sociedad, poniendo el acento en la solidaridad y en la movilización de las clases trabajadoras, para que cada persona sea protagonista de su historia. La única movilización que parece alentar el socialismo oficial español es el voto cada cuatro años. El resto del tiempo se siente más cómodo gobernando en el letargo de la masa.

«Puedo compatibilizar mi militancia política y mi fe, pero claro, lo hago a mi manera», respondió Bono a una de las preguntas formuladas en el coloquio, poco antes de asegurar que no era lo mismo el aborto con ocho meses de gestación que con cuatro semanas. Dos frases que, junto a otras menos llamativas de su exposición, y la visión global de su gestión en la cosa pública, me llevan a sospechar que el político manchego ha hecho de su fe un traje a la medida de las ideas de su partido. Es lo que los animadores de jóvenes llamamos un «Dios de bolsillo», para poder llevarlo siempre con nosotros, pero en un formato cómodo y ligero.




  • El vídeo es un extracto de 15 minutos de duración de la conferencia pronunciada por José Bono, dividido en bloques temáticos. Se puede compartir y descargar desde Google Video, tal y como aparece en este artículo, pero si alguien deseara obtener la conferencia completa, puede solicitarla escribiendo al correo que aparece en mi perfil al principio de la página, aportando su dirección postal para poder realizar el envío. No prometo que sea inmediato, pero se lo haré llegar lo antes posible en DVD, siempre y cuando la demanda no supere mis posibilidades.


domingo, 25 de noviembre de 2007

MI MEMORIA HISTÓRICA

España ya tiene su Ley para la Memoria Histórica, cuyo objetivo es reparar las injusticias cometidas en la Guerra Civil y durante la posterior dictadura de Franco. Unos y otros reabren nichos, desentierran cadáveres y ponen cara de ofendidos por lo mal que lo pasaron sus abuelos. Mi rostro no simula ofensa, expresa perplejidad.

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El «Guernica» de Picasso recuerda uno de los episodios
más trágicos de la Guerra Civil Española


La Historia comienza para cada persona en el punto en el que su memoria se pierde. No tengo recuerdos de la Guerra Civil Española, porque después de finalizar, yo aún tardaría 29 años en ver la luz, pero me han hablado de ella mis allegados. En cierta forma, ésta es también una «variedad» de memoria. Nos la ayudan a construir nuestros familiares más próximos a través de la narración de acontecimientos y anécdotas sobre sus vidas y la de sus antepasados, a quienes nosotros no conocimos pero ellos sí. También este conjunto de escenas y vivencias, dispersas y subjetivas, historias oídas muchas veces, llegan a adquirir el rango de memoria individual. Mis recuerdos no van mucho más allá de los últimos años de la década de los 70. Lo demás, todo lo que sé o creo saber sobre acontecimientos anteriores, lo he heredado de testimonios familiares y aprendido de historiadores.


Mi abuelo Víctor Vallejo, conmigo en brazos (1969)


Sé que mis abuelos paternos, Víctor y Carmen, ambos ya fallecidos y cuyos restos reposan en Gran Canaria, pertenecieron al bando republicano. Mi abuelo era militar, oficial de comunicaciones de la Marina. Cuando finalizó la guerra tuvo que huir de España junto a mi abuela, perseguidos por los falangistas, para instalarse en Francia. Allí, en St. Julian, nacieron sus dos hijos, Víctor y Ricardo. Poco después, el gobierno francés de René Pleven lo deportó a Córcega junto a cientos de exiliados. Se identificó bajo el nombre de «Operación Boléro-Paprika», y consistía, básicamente, en evitar la «amenaza» que suponía albergar a tantos comunistas en suelo galo, y de paso, agradar al vencedor de la guerra y nuevo Caudillo español, Francisco Franco. Mi abuelo fue alejado de su familia durante años. El emotivo reencuentro no se produjo hasta la segunda fase de la operación, cuando Hungría, ya bajo el régimen comunista del Telón de Acero, se ofreció para acoger a los republicanos españoles de Francia, país al que le faltó tiempo para aceptar la oferta y quitarse de encima el problema. Así es como mi padre, que contaba entonces con doce años de edad, acabó en Budapest.


Mi abuelo Waigand Ferenc y mi abuela
Balázs Zsuzsi con sus siete hijos


Mi madre proviene de una familia bien situada de la Hungría opulenta, heredera del extinguido Imperio Austro-Húngaro. Mi abuelo era ingeniero industrial, y antes de la II Guerra Mundial dirigía una fábrica textil en Budapest. Cuando llegó la invasión nazi y la posterior «liberación» soviética, su mundo se derrumbó. Les fue expropiada la lujosa casa en la que vivían, con numerosas habitaciones, jardín y servicio doméstico. Al principio les obligaron a instalarse en dos estancias de su propia vivienda, arrinconados por un capitán del ejército soviético que ocupó el resto del inmueble. Les confiscaron —robaron, sería más correcto decir— todas las pertenencias que consideraron valiosas, y finalmente fueron desalojados, dándoles cobijo en un piso de la calle Bimbó, de dos habitaciones. Para entonces, mis abuelos ya tenían a sus siete hijos, seis mujeres y un varón, a los que dieron una educación cristiana. Habían pasado de la abundancia a la estrechez en poco tiempo, lo que hizo aún más admirable su capacidad de adaptación y la transmisión de unos valores que no contemplaban el rencor ni el odio. Porque motivos hubo para ello. Algunos de sus familiares próximos fueron encarcelados por ser sacerdotes o considerárseles enemigos del Partido. Mi propio abuelo vivió bajo amenaza de muerte durante meses, cuando el ejército comunista le exigía reabrir la fábrica con celeridad, tras haberse interrumpido la producción durante la ocupación. Fue encerrado en un minúsculo habitáculo de la misma nave, a punta de pistola, como método de coacción.


La boda de mis padres, Ricardo y Eva, oficiada
por mi tío-abuelo Waigand Jóska


Los años siguientes fueron difíciles para los católicos confesos. A la escasez propia de la posguerra se unía el régimen autoritario que perseguía a los cristianos. A los más «alborotadores» los encerraron, y a los demás, les hicieron la vida imposible, en el trabajo a los adultos y en la escuela a sus hijos. Mis primeros recuerdos lúcidos provienen aún de la Hungría comunista, cuando mis padres, mi hermana y yo, ya residentes en Gran Canaria, regresábamos a visitar a la familia. Tengo en la memoria una imagen imborrable; la de mis tíos y mis primos sentados junto al fuego asando panceta ahumada y bebiendo té, mientras entonábamos canciones tristes. En una ocasión, alguien comenzó a hablar de política y todos bajaron la voz hasta el susurro. Yo pregunté con ingenuidad infantil el motivo: «porque nos pueden denunciar», fue la respuesta.

Mi abuelo Ferenc con mi hermana Dolly (Budapest 1968)

Nadie nos ha pedido perdón. Ni el bando falangista español, ni sus cómplices del gobierno francés, ni el Partido Comunista Húngaro. Tampoco lo espero ni lo necesito. La Historia ya la han contado los historiadores, y mi memoria «histórica» está a salvo gracias a los recuerdos heredados, que en lugar de convertirme en alguien herido y deseoso de saldar cuentas con la historia en el nombre de mis antepasados, han enriquecido mi perspectiva. Es verdad que no sufrimos muertes ni torturas —si es que no lo fue separar a mi abuelo de su mujer e hijos durante diez años—, pero fuimos perseguidos, deportados, coaccionados, humillados y despojados de nuestros bienes, para finalmente arrebatarnos la libertad durante 40 años de comunismo.

N
o es mi intención ofender a las familias que sufren sinceramente las heridas no cicatrizadas de su ayer, como víctimas o como sus herederos, y que se alegrarían de ver rehabilitados los nombres de sus seres queridos vilipendiados, torturados y asesinados. Lo que intento decir, es que una ley no sanará las heridas del alma ni reescribirá la Historia, sólo la reconciliación lo hará. Y tampoco me molesta la Ley para la Memoria Histórica, lo que me indigna es que, una vez más, la tragedia, aunque sea del pasado, se rentabilice políticamente para ayudar a ganar unas elecciones mediante la sensiblería hipócrita. Mi familia estuvo entre los derrotados en España y entre los invadidos en Hungría, pero no necesita que nadie venga a comerciar con sus recuerdos.



Mi tío-abuelo Waigand Jóska, y de rodillas, su sobrino
Kop Antal, que fue encarcelado por su fe. Ambos sacerdotes.




lunes, 15 de octubre de 2007

Mercado persa

* Fotografía del líder «persa» junto a Evo Morales en
La CRÓNICA de hoy
(28 Septiembre 2007)

Los Jefes de Estado de todo el mundo mantienen frecuentes contactos entre sí en su legítimo empeño de alcanzar acuerdos que beneficien a sus respectivos países. Para ello, en ocasiones están dispuestos a hacer de tripas corazón y departir con líderes políticos de dudosa reputación, por su «peculiar» forma de gobernar. Uno de los más controvertidos es el presidente iraní, Mahmoud Ahmadinejad, que recientemente ha estado en Venezuela y Bolivia. Precisamente, con motivo de esta última visita se ha levantado un intenso debate en el país sobre la conveniencia o no de que haya sido recibido por Evo Morales.
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Infinita es la hipocresía en el terreno de la Diplomacia. Llega hasta el extremo de condenar, por ejemplo, la Constitución machista de Turquía —motivo que puede frenar su ingreso en la UE—, o la homofobia institucional de Polonia, pero guardar un vergonzoso silencio sobre políticas tanto o más condenables que las citadas. En junio pasado, José Luis Rodríguez Zapatero recibió cordialmente al sangriento dictador guineano Obiang Nguema, a quien hizo prometer, de cara a la galería, la liberación de los presos políticos de su país, Guinea Ecuatorial. En la misma visita, Obiang se reunió con el líder de la oposición, Mariano Rajoy, para acabar cenando en La Zarzuela, nada menos que con el Rey. El presidente español también ha rendido pleitesía —como casi todos los Jefes de Estado— al Primer Ministro chino, con quien ha mantenido fructuosos encuentros bilaterales. Es de todos conocido que China viola sistemáticamente la Declaración Universal de los Derechos Humanos, pero es un gigante en plena expansión económica, y la pugna por quedarse con parte del pastel, inaudita. Cabe apuntar que Zapatero no le «exigió» al líder chino —como sí hizo con el africano— ninguna señal que demuestre un giro hacia la democratización del país. Las razones podemos imaginarlas. Pero tampoco los presidentes españoles anteriores están libres del sonrojo. José María Aznar llegó a defender el apoyo de España a Estados Unidos para la invasión de Irak, argumentando la conveniencia estratégica de estar en «sintonía» con la mayor potencia económica del mundo. Repugnante. Estamos ante claros ejemplo de «el fin justifica los medios». El beneficio de un país parece excusar el que sus representantes «toleren» las injusticias que cometen otros gobernantes con sus súbditos. Los escrúpulos no tienen cabida en la acción política.

Ahora bien, suponiendo que los líderes del «mundo libre» tuviesen intención de actuar coherentemente, la alternativa no puede ser el bloqueo económico —o de cualquier otro tipo— porque siempre son los ciudadanos quienes sufren sus consecuencias, mientras que los tiranos lo utilizan para dotar de autoridad moral a sus regímenes. Además, la medida es doblemente hipócrita, porque nunca se cierran las rutas comerciales con países ricos o que poseen codiciados recursos naturales, sino con aquellos de los que el mundo puede prescindir. En lugar de la tolerancia interesada o del bloqueo hipócrita, yo abogo por los gestos; un valioso pero desaprovechado recurso de los personajes públicos en un mundo globalizado, en el que nada escapa al objetivo de una cámara y a la perspicacia de los periodistas. No es necesario romper relaciones con todos los países de comportamiento «desordenado». Existen otras opciones que los expertos en diplomacia internacional sabrán gestionar inteligentemente, pero que, desde luego, no pasan por condenar de modo genérico los regímenes totalitarios y después sonreír en la foto estrechando la mano de sus cabecillas.


No está en mi ánimo ofender a los bolivianos, pero
lamento que el debate que se ha generado en Bolivia respecto a la visita del presidente de Irán, esté orientado exclusivamente a su conveniencia o no, para los intereses estratégicos del país respecto a su economía y sus relaciones internacionales. Es la prueba de que el planeta que habitamos se ha convertido en un gigantesco «mercado persa»... ¡Vaya, qué coincidencia!




martes, 4 de septiembre de 2007

Creo en la política (II): la escala de valores

¿Puede tener éxito profesional la persona honrada? ¿Puede triunfar el político honrado? La opinión generalizada es que no, sobre todo en respuesta a la segunda pregunta. Al menos, así lo indican mis tertulias de café, las charlas de vecinos, los debates entre colegas y la sabiduría de los taxistas, siendo este último uno de los colectivos mejor informados que conozco.

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En la modesta encuesta realizada en el blog, la Honradez ganó con claridad a la Eficacia -que también contó con algunos votos- el Liderazgo y la Cualificación; estos dos últimos, siendo importantes, no obtuvieron adhesión alguna. Evidentemente, este tipo de encuestas tienen truco porque no es posible matizar las respuestas ni marcar dos opciones a la vez, pero precisamente de ahí se desprende la importancia de la elección. Hay que escoger sólo una, aunque en principio nos parezcan igual de necesarias varias, lo cual nos obliga a hacer un esfuerzo por hilar aún más fino y decantarnos finalmente. Esta clase de ejercicios nos ayudan, además, a definir nuestra propia escala de valores, aunque sea en relación a situaciones algo forzadas. Esto es para mí casi una obsesión. Toda nuestra forma de vivir, de actuar, de elegir, de decidir, depende de esa escala de valores, así que merece la pena invertir tiempo en moldearla a lo largo de nuestra existencia. Y es precisamente el nivel de fidelidad a ella lo que determinará que podamos ser considerados personas más o menos coherentes.


Me preocupan las razones por las que los votantes nos decidimos por uno u otro partido y candidato. Sobre esto hay innumerables estudios y teorías desarrolladas por sociólogos y psicólogos, a partir de las cuales los jefes de campaña se encargan de instruir a los políticos para tratar de inclinar la balanza a su favor. Los asesores, cada vez más decisivos en la batalla electoral, procuran a sus "hombres-cartel" una imagen que transmita seguridad en sus afirmaciones, a la vez que cercanía e interés por los problemas de la gente. Eso se consigue a través de una cuidada elección de la indumentaria, un disciplinado entrenamiento de los gestos, largos ensayos ante el espejo del tono y la cadencia del habla, la selectiva aparición en determinados actos públicos y las entrevistas o debates televisivos, entre otros. Si nos creemos libres de la influencia de todos estos fuegos artificiales a la hora de votar, nos engañamos. Sobre todo cuando se trata de aspirantes que aún no han tenido responsabilidades de gobierno y por tanto nos faltan elementos objetivos por los que enjuiciar su gestión, la impresión que nos causan tiene un peso nada desdeñable. Naturalmente, también las ideas e ideología, pero ocurre que éstas son cada vez menos visibles, no sé si por inexistentes -prefiero pensar que no- o por domesticadas a manos de las necesidades del Partido y las corrientes dominantes en la población. Y esto nos devuelve a la encuesta y a la escala de valores.

Los pesados aparatos organizativos al servicio de la victoria por la victoria de los principales partidos políticos han asfixiado la originalidad, las tendencias, los matices en los colores. Pero eso en sí mismo no es condenable, incluso podría ser plausible que una gran cantidad de personas con distintas ideas pero que comparten una misma sensibilidad ideológica, decidan renunciar a sus inquietudes individuales en favor de algo que consideran prioritario, llamémosle un Bien Común. El problema radica en que estos enormes trasatlánticos de poder han cedido demasiado espacio, especialmente en la cubierta principal, a la persecución del fin único de ganar las elecciones, olvidando por el camino las causas que les llevaron a emprender la marcha (Creo en la política I). Así, están dando cobijo a ambiciosos aspirantes a ministros, presidentes autonómicos, alcaldes y concejales, en lugar de a personas comprometidas que persigan un ideal y que alcancen un puesto de responsabilidad como consecuencia de ello. Puede que los primeros ofrezcan liderazgo, cualificación y eficacia, pero tenemos derecho a dudar de su honradez y con casi total seguridad de su coherencia. Tal vez muchos idealistas necesiten mejorar su imagen pública, pero nos ofrecen más garantías de decencia, que implica una consistencia ética, una escala de valores sólida que no varíe constantemente según sople el viento de las tendencias y las modas, y coherencia con ella. Ingredientes suficientes para hacernos pensar que, a falta de mayor capacidad de liderazgo, incluso de gestión, sabrán rodearse de quienes suplan sus carencias.


Sin pensarlo ni un momento, confiaría mi salud al mejor médico posible, independientemente de su catadura moral -con ciertos límites, claro está- pero en el caso de la política, yo voto por los honrados. La dificultad está en hallarlos, no porque sean escasos, sino porque obviamente, serán los menos inclinados a escalar puestos a cualquier precio en la empinada pirámide del poder.





jueves, 5 de julio de 2007

Con el pan bajo el brazo

El sorprendente anuncio del Presidente del Gobierno de España, José Luis Rodríguez Zapatero, de gratificar con 2500€ a las familias por cada nuevo hijo, ha provocado opiniones encontradas, principalmente en el plano político y económico. Básicamente, unos califican la medida como puramente electoralista y otros la defienden por creer que es sensible a las dificultades de las familias modernas españolas y favorecer el aumento del paupérrimo índice de natalidad del país, situado a la cola de Europa. Me detendré poco en el análisis político de la decisión; me interesa mucho más el trasfondo sociológico de la tendencia que pretende corregir.

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El dato objetivo es que los jóvenes retrasan todo lo que pueden su maternidad/paternidad o directamente renuncian a ella. De los muchos factores que influyen para que sea así, el que en mi opinión destaca sobre el resto es el temor a las ataduras; aunque, en realidad, esto es más consecuencia que causa. Analicemos, por tanto, de dónde nace ese miedo.

La Juventud se ha convertido en un valor en sí misma. Ya no es solo un estadio más del desarrollo biológico del ser humano, sino todo un concepto vital que se considera superior al de la infancia, la madurez y, por supuesto, la vejez. La frase, "lo importante es sentirse joven", no es más que una majadería -lo importante no es sentirse joven, sino sentirse exactamente lo que se es, disfrutando de ello- consecuencia de una cultura que se aferra irracionalmente a una etapa de la vida que se vincula a la felicidad. De hecho, parece que ésta puede alcanzarse exclusivamente durante la juventud. Es lógico que se quiera prolongar el máximo tiempo posible. Incluso, cuando se trata de exaltar la dignidad de la vejez, se recurre a los tópicos de conservar la belleza, aunque sea a través de la cirugía y los tratamientos estéticos, la necesidad de disfrutar de una sexualidad plena, una intensa actividad física y la diversión. Los mismos atributos que se supone, son propios de la Juventud.



Los hijos obligan a dejar de ser joven, entendiéndose Juventud según el concepto antes descrito. Exige adquirir responsabilidades que a su vez conllevan preocupaciones. Además, hay que renunciar a una independencia altamente valorada, limitar la vida social a solas o en pareja, reducir la capacidad de consumo individual en beneficio del interés familiar, perder la posibilidad de disfrutar de una ininterrumpida diversión, y en el caso de las mujeres, sufrir un embarazo que deformará temporalmente su cuerpo, pudiendo suceder que no vuelva a recuperar la elasticidad anterior. Traducido a la práctica, viajaremos menos, dejaremos de salir todos los fines de semana -de jueves a domingo preferiblemente- no nos podremos comprar la última novedad tecnológica, las mujeres dejarán de verse guapas y nos perderemos muchas salidas con los amigos... Y encima, es irreversible. Siempre podremos deshacer nuestra emancipación volviendo a casa de nuestros padres, podemos dejar nuestro trabajo o romper la relación con la pareja con la que convivimos si nos estorba su atadura. Pero no podemos deshacer nuestra maternidad o paternidad. La atadura es para siempre. ¿A alguien puede extrañarle que, dominados por este obsesivo culto a la Juventud, se trate de huir de semejante pérdida de libertad?


Desconozco si nuestros representantes parlamentarios se han preocupado por conocer las causas socio-económicas del problema. En mi opinión, o no lo han hecho y por eso no han propuesto ningún paquete de medidas para enfrentarlas, o una vez valoradas, han concluido que no tienen o no necesitan remedio. Aplaudo la ayuda económica prometida por Zapatero a las familias por cada hijo, dudo de la justicia de hacer el reparto de forma lineal sin tener en cuenta la renta y echo de menos soluciones imaginativas que aborden el asunto de modo global.


* Agradecería muy especialmente las aportaciones de los lectores de Latinoamérica, porque tengo entendido que allí, en general, la situación es mucho más saludable. De hecho, son los inmigrantes latinos los que están sosteniendo el índice de natalidad de España ligeramente por encima de un hijo por familia, como media.



sábado, 23 de junio de 2007

Creo en la política (I)

Lo confieso, el título de este artículo persigue la provocación. No significa que falte a la verdad, pero sí requiere de una aclaración. Desde hace algunos días estamos celebrando en España los 30 años de la democracia. Con tal motivo, se han venido realizando numerosos actos conmemorativos en los que han participado algunos de los actores principales del momento histórico conocido como la Transición Española, considerada como un ejemplo de sentido común, responsabilidad y tolerancia tras casi cuarenta años de dictadura franquista.

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Estos días han servido para bucear con nostalgia en el recuerdo de canciones, programas de televisión, modas y todo aquello que nos devolviera con la imaginación a los años 70. Pero también para reflexionar sobre el camino realizado desde el punto de partida hasta la actualidad en el terreno de la política. Es un buen momento para mirarnos al espejo y preguntarnos qué estamos aportanto cada uno de nosotros a la sociedad en la que vivimos. Los políticos y los ciudadanos de a pie.

La primera mirada será a vista de pájaro. Desde la distancia y en lugar elevado, desde donde se puede divisar el conjunto, la perspectiva amplia, el paisaje con suaves pliegues, sin la distracción del detalle que nos haga perdernos en la anécdota. Y desde esta atalaya puedo distinguir un sendero que parte desde un terreno pantanoso. En los primeros kilómetros se aprecia decisión en los caminantes, convicción y dirección inequívoca con apresurado paso. Transcurrido un trecho, la senda inicia un desconcertante serpenteo, y poco después se divide en nuevos caminos igual de nerviosos. Avanzan, pareciera que en la misma dirección, pero más lentamente, agotados por los bandazos, como si hubieran olvidado el motivo que les llevó a emprender la marcha y ya no tuvieran ganas ni fuerzas para abrir nuevas rutas. Llega un momento en que los giros son tan violentos que retroceden hasta que vuelven a girar. Andan en círculos. Al final, el paisaje es un gigantesco caos en el que los senderos se cruzan vertiginosamente, luego caminan en paralelo para repelerse nuevamente. El pantano quedó lejos, pero no tanto como creen los caminantes. Han caminado mucho, pero no siempre han avanzado.



D
esciendo. Me aproximo. Comienzo a percibir los sonidos y matices en los colores. Ahora todo parece más grande, más importante, más decisivo, más vulnerable. Ya sé por qué comenzaron a caminar juntos. Huían juntos. Tenían un mismo enemigo, un mismo pasado, un mismo temor y una misma ilusión. Pero con el tiempo, sin darse cuenta, dejaron de huir, pero sobre todo, olvidaron de qué huían. Comenzaron a preocuparse más por
quién debía hacerlo que por el qué debería hacer. VínculoSus rutas se separaron sí, pero no tanto porque pensaran que su camino era el correcto, sino para dejar claras sus diferencias. Sus caminos se distanciaban, pero no del todo. Se vigilaban y cuando se veían demasiado lejos unos de los otros se perseguían temiendo quedarse atrás en su peculiar avance hacia ninguna parte. Ni contigo ni sin ti, parecen decirse. Jamás lo confesaron. Ahora, se yerguen orgullosos creyéndose héroes, vitoreados por sus incondicionales -podría decirse también irreflexivos, irracionales, adeptos- convencidos de ser imprescindibles líderes de la sociedad a la que deben conducir por un camino que no saben dónde les llevará, salvo a su propio éxito. No les inquieta. Jamás lo confesarán.

Vaya, y aún no he dicho por qué creo en la política...