martes 25 de marzo de 2008

CREO EN LA POLÍTICA III (y último)

Mi hijo Daniel, de seis años, aún no distingue con claridad la izquierda de la derecha. Le veo hacer grandes esfuerzos por acertar cada vez que surge la ocasión, pero se equivoca con frecuencia. Y no le culpo. Yo mismo tengo serias dificultades para diferenciarlas, y ya tengo bastantes años. Me refiero a mi derecha e izquierda políticas, claro está.

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Viñeta de Andrés Rábago (El Roto) publicada hace años
pero de plena vigencia. Actualmente publica en El País.



Mes y medio antes de las elecciones recibí una llamada para participar en una encuesta telefónica sobre intención de voto, según me informaron —tras las primeras preguntas deduje que se trataba de un trabajo encargado por el partido nacionalista canario de reciente fundación, «Nueva Canarias», aunque esto es irrelevante para lo que hoy nos ocupa—. En ese momento tenía tiempo y me dispuse a contestar; la voz femenina al otro lado del hilo telefónico ignoraba que le había caído el «marrón» de la tarde. Después de «examinarme» sobre política canaria —quién ocupa tal o cual cargo, qué partido gobierna en esta o aquella institución— llegó el apartado de mis ideas y opiniones:


¿Se considera de «izquierda» o de «derecha»? —comenzó—.

Según el concepto al uso de «izquierda» y «derecha» no soy ni de una, ni de la otra.

Entonces... de centro —concluyó, mientras parecía anotarlo en el recuadro correspondiente—.

No —atajé—.

¿¡No!? ¿Entonces qué pongo? —preguntó sorprendida—.

Pues no lo sé, dígamelo usted. Le daré algunas pistas: soy cristiano, católico, contrario al aborto y a la pena de muerte. Soy partidario de una apuesta decidida por políticas de cooperación internacional con los países empobrecidos y la condonación de su deuda externa, aunque eso suponga tener que rebajar parcialmente el nivel de vida de la población en los países ricos; creo en el reparto justo de la riqueza, en España y en el mundo. No me defino como «antisistema», pero denuncio las estructuras económicas que rigen el planeta, y condeno el capitalismo salvaje y el abuso de poder de las multinacionales. Defiendo la intervención moderada del Estado en la economía y la protección del medio ambiente como prioridad política. Me manifesté en las calles contra la Guerra de Irak y me puse en primera fila en la huelga de los trabajadores de la empresa para la que trabajo. No he probado la marihuana y jamás lo haré. Creo en el matrimonio «para toda la vida» y en la familia «tradicional» como vertebradoras de la sociedad, frente a las nuevas «modalidades», sin condenarlas. Me declaro objetor de conciencia a la asignatura de «Educación para la Ciudadanía», al tiempo que considero que la de «Religión Católica» debe ser opcional y no calificable; tampoco me escandalizaría su desaparición de las aulas. Creo en una educación de calidad al alcance de todos como la herramienta fundamental para la consecución de una sociedad más libre. Considero a los nacionalismos como excluyentes en general y potencialmente peligrosos, aunque no intrínsecamente. Soy un enérgico defensor de la igualdad de género, pero rechazo la Ley de Paridad aprobada por el Gobierno. Prohibiría las corridas de toros y el boxeo. Me identifico con la música y la poesía de Silvio Rodríguez pero no con el Régimen que representa políticamente...Para ser sincero, la retahíla no fue tan extensa y pormenorizada, pero en esencia es lo que transmitía—.

Entiendo...—acertó a decir confusa mi casual víctima, y sin darme tiempo a añadir nada más formuló la siguiente pregunta. Ignoro qué puso en la casilla de la anterior—.


Cada una de mis respuestas se alargó mucho más de lo que mi interlocutora hubiera deseado a tenor del tono de su voz, pero yo me resistía a responder con un «sí» o un «no», o elegir alguna de las opciones de una lista en relación a cuestiones que a mi juicio exigían matices. Media hora después se despidió amablemente; más de lo que yo lo hubiera hecho en su lugar. En cuanto al cuestionario, si no lo rompió, imagino que lo rellenó lo mejor que pudo, dadas las circunstancias.


Podría pensarse que mi intención era pasar por un personaje inclasificable, por tanto singular, y alimentar así algún tipo de extravagancia egocentrista. No es eso. De hecho, no creo que lo expuesto sea algo tan excepcional. Lo que sucede es que aspiro a que mis idas sean consideradas, enjuiciadas, y llegado el caso, criticadas, individualmente y no como un «pack» ideológico indivisible, compuesto por clichés impuestos arbitrariamente. Las acepciones de «derecha» e «izquierda» más extendidas en la actualidad conducen irremediablemente al etiquetado ideológico de las personas en base a presupuestos falsos. Falacias como que «los católicos practicantes son de derecha», que «para ser de izquierda hay que defender el aborto», que «el matrimonio y la familia son conceptos de la derecha», que «la defensa del medio ambiente y el pacifismo es propio de la izquierda» o que «la bandera es de la derecha» son asumidas como verdades incuestionables —a fuerza de martilleante repetición— por una gran parte de la ciudadanía, esgrimidas por los políticos para marcar su territorio y utilizadas sistemáticamente por los periodistas especializados en tertulias y artículos de opinión. Es como si entre todos hubiéramos convenido vivir en una gigantesca mentira de la que ya no podemos —¿ni queremos?— bajarnos. No debe extrañarnos entonces, que los sociólogos diseñen encuestas de opinión tan cuadriculadas.


Viñeta del humorista gráfico Juan Ramón Mora tras las pasadas Elecciones Generales


En la actualidad, la definición de «izquierda» y «derecha» está inmersa en un encarnizado debate (1) que asciende hasta el terreno de la filosofía, una vez que el concepto marxista de «la lucha de clases» ha quedado obsoleto. Las dos palabras más utilizadas para distinguir ideológicamente a ambos bandos políticos, «progresista» y «conservador», son tan inconsistentes, tan «cajón de sastre» para llenarlo de lo que a cada uno le plazca, tan vagas, que lo quieren abarcar todo y no significan nada. De ahí la necesidad de uniformar a los «fieles» con modas a las que llaman ideología y que apenas alcanzan el grado de ocurrencia, o peor aún, contraposición a la ocurrencia del otro. Mariano Rajoy protagonizó un memorable episodio reciente cuando se dejó llevar por la inercia de la oposición al cuestionar la preocupación mundial por el Cambio Climático y citar
el pronóstico del tiempo de su primo, Catedrático en Física —¿Tú blanco? pues yo negro... ¡porque sí!—. Por otra parte, tampoco resultan difíciles de entender los motivos de esta dramática simpleza de los contenidos ideológico-programáticos de los partidos políticos españoles, sobre todo del PSOE y del PP: en lo fundamental se parecen tanto —en economía y reparto de la riqueza, política social y del Exterior les separan detalles insignificantes— que necesitan elevar a la categoría de ideario su conjunto de ocurrencias. Y así, los ciudadanos de a pie creemos que somos de «izquierda» o de «derecha» en función de tales sandeces.


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España acaba de elegir a sus gobernantes para los próximos cuatro años y ha optado por una «izquierda» enlatada y etiquetada, con sus correspondientes conservantes y colorantes. Hemos ejercido nuestro derecho al voto, «partícipes» de la democracia por un día. Y así debe ser. Pero es ahora cuando comienza —o debería hacerlo— nuestra participación real en la actividad política. Porque yo creo en la política y no en la revolución. Como la lluvia que empapa, y no la tromba de agua que destruye. Pero no dejemos la política solo en manos de los políticos. No descarto que sean ellos los que acaben llevando a la práctica la transformación de nuestras injustas estructuras sociales y económicas, pero será gracias a la presión que ejerzamos los gobernados, creando las condiciones ambientales previamente. No olvidemos que el poder de la democracia reside en las mayorías, y que si éstas aciertan a empujar en la dirección correcta —no siempre lo hacen—, tienen en su mano conducirnos hacia el verdadero Bien Común. Por tanto, se trata, nada más y nada menos, de propiciar el clima social adecuado que lleve a los gobernantes de turno a ejecutar las acciones necesarias para el cambio. Estoy hablando de la progresiva penetración en la sociedad de nuevas sensibilidades que acaben por hacerse un hueco cada vez mayor en la agenda política; será tanto mayor cuanto más dominante sea su presencia entre la población.




No es ingenuo lo que planteo. Ya ha sucedido y está sucediendo, por ejemplo, respecto al Cambio Climático al que me he referido anteriormente. Hace unos años hubiera sido impensable que algún partido político que no fueran «Los Verdes», hubiera incluido en su programa electoral un apartado dedicado al problema medioambiental y que hubiera formado parte del debate político de una legislatura. Actualmente lo es hasta el punto de que los dos grandes partidos compiten por ver quién es más ecologista, proponiendo, entre otras cosas, la plantación de millones de árboles. Son gestos insuficientes, pero es indudable que la preocupación se ha instalado sólidamente en la cabeza de nuestras autorides y estoy seguro de que pronto redundará en nuevas medidas que se irán ampliando con el paso de los años. El mérito mediático se lo han adjudicado personajes como el estadista norteamericano Al Gore, que incluso ha recibido el Premio Nobel de la Paz, pero sabemos que en realidad es de los colectivos ecologistas y científicos que llevan años haciéndose escuchar, hasta que lentamente su mensaje ha ido calando, creándose una corriente social imparable que ha convertido a la ecología en materia «rentable» políticamente. Otros casos similares fueron la implantación de leyes contra las barreras arquitectónicas de las ciudades, la lucha por la igualdad de la mujer y contra la violencia de género, o más tímidamente, la adjudicación del 0,7% del PIB al desarrollo de los países empobrecidos. Todas las medidas han respondido a movimientos sociales nacidos de organizaciones, colectivos, asociaciones y medios de comunicación, que lograron que sus reivindicaciones obtuvieran el suficiente respaldo popular para que moviese al Estado a darle respuesta.



Viñeta de Forges publicada en El País

He escrito en un artículo anterior que los políticos le dirán a la gente lo que quiere oír —aquello que creen que les proporcionará más votos— y lo incluirán en sus programas electorales. Pues aprovechémonos de ello. Ayudemos a generar reflexión, debate y toma de posturas que en algún momento puedan hacer efecto y extenderse con tal fuerza, que una mayoría democrática obligue a los partidos políticos a insertarlas en sus planes de acción. Si en los informes del Instituto Nacional de Estadística se palpara que la preocupación por el hambre en el mundo ocupa los primeros puestos entre los españoles, ¿creen que no tendría reflejo en las propuestas de los partidos políticos? Por eso repito una vez más: ¡creo en la política! Y no me escudaré en toda la crítica que he vertido en esta serie de artículos sobre los políticos para entregarme al pesimismo, sino que aprovecharé todas las herramientas que ponga a mi alcance el Estado para tratar de influir en la toma de decisiones. Lo que no haré es calmar mi conciencia ciudadana yendo únicamente a votar cada cuatro años por alguno de los rostros maquillados de los carteles electorales.




Imagen tomada de la web de «Radio Klara» que ilustra con ironía
la actitud no confesada de los partidos políticos tras unos comicios.




Acabaré diciendo que rompo una lanza en favor de los políticos honrados y realmente comprometidos con el servicio a los ciudadanos. Sé que los hay, aunque sean menos visibles de lo que nos gustaría, pero en la medida en que el tejido social que logremos hilvanar abarque a un mayor número de personas, también la forma de acercarse a la política, de acceder al liderazgo y ejercer la responsabilidad de gobernar se irá recomponiendo. Así, transmitiendo a nuestros hijos el valor de la reflexión, la crítica y el compromiso, lograremos que algún día distingan por fin la izquierda de la derecha, se posicionen y se encaminen hacia un mundo más habitable.



(ı) Merece la pena leer el artículo del economista peruano Fernando Sánchez Cuadros publicado en Txacata y Rebelión «Sobre lo que significa ser de izquierda»


Artículos anteriores de la serie:
Creo en la política i
Creo en la política II: la escala de valores


Otros artículos sobre política en «Soy cristiano»:
El voto egoísta
Católicos en política
Mercado Persa
El éxito económico de España, el G8 y la inmigración






lunes 3 de marzo de 2008

EL VOTO EGOÍSTA

¿Votaría usted a un partido que propusiese subir los impuestos, para dedicarlos a condonar la deuda externa de los países empobrecidos? No le hablo de dejar de llevar comida a su mesa, sino de subir ligeramente la presión fiscal para ayudar al planeta y a los que viven en él, sacrificando apenas unas migajas de nuestros caprichos. Este es solo un ejemplo que nos puede ayudar a medir nuestra escala de valores al introducir nuestro voto en una urna.

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Quién no ha oído hablar del famoso «voto útil» del que sacan tajada PP y PSOE en cada convocatoria de elecciones. O del «voto cautivo», cuya sola mención nos hace viajar en el tiempo, hasta la Andalucía de los años 80 y 90, cuando Felipe González atemorizaba a los ancianos y a los desempleados con quedarse sin sus prestaciones sociales si ganaba la «derecha». El chantaje ha resultado ser tan eficaz que ahora todos lo practican. El «voto de castigo» es otro viejo conocido de los comicios, y que según los expertos dio la victoria a José María Aznar en 1996. Mucho menos nombrado, aunque no inexistente en el análisis sociológico, es el «voto egoísta».


Dispuesto a utilizar este término en el presente artículo, realicé una búsqueda en Google para averiguar lo original de mi ocurrencia. Suponía que no sería el primero en mentarlo, aunque el sonido de su pronunciación no le resultaba demasiado familiar a mis oídos. Y así es, existen referencias, pero son pocas. En algunas de ellas se eleva a la categoría de valor el concepto de «egoísmo», ideal —y casi imprescindible según sus partidarios— para decidir el voto «adecuadamente» en unas elecciones. El escritor Fernando Sánchez Dragó lo promueve en un artículo publicado en «El Mundo», colgado también en su blog particular bajo el título «Reflexiones electorales de un ciudadano excéntrico», con motivo de las Elecciones Autonómicas y Municipales de mayo pasado. No sé por qué no me sorprende. A su más puro estilo, parapetado en sus 70 años y su bien ganado título honorífico de intelectual de España, se permite burlarse de quienes creemos que la democracia de un país madura —entre otras cosas— en la medida en que dejamos de pensar exclusivamente en nosotros mismos; en relación al voto y a cualquier otra decisión que exija decantarse por una alternativa entre varias. Pero no tenía yo intención de polemizar en estas líneas con el conductor de Diario de la Noche de Telemadrid, sino más bien reflexionar en voz alta sobre el modo más razonable de depositar el voto en una urna.



Los líderes políticos, siempre bien asesorados, cuentan con nuestro egoísmo —"defensa propia", según Sánchez Dragó— a la hora de votar, y sobre esa base diseñan su estrategia de campaña. Le dicen a cada colectivo, y si pudieran a cada persona, exactamente lo que quiere oír. Por supuesto, saben que no pueden cumplir con todos, entre otras cosas, porque muchas de sus promesas son incompatibles entre sí, algo que trae sin cuidado a los reyes de la demagogia. El voto egoísta consiste en dar nuestro apoyo al mejor postor, así que los hombres-cartel solo tienen que esforzarse en subir la oferta, que después adornarán con pinceladas de política social, política económica eficaz, o cualquier otra mentira semejante.


Otra tara de la democracia la encontramos en el «voto forofo». Los forofos son los incondicionales —aún sin ser militantes—, que por definición, no ponen condiciones, no dudan, no critican, no exigen, no reflexionan sobre la conveniencia de votar a «su» partido. Más que partidarios de un programa político, son aficionados «ultras» de unas siglas, como lo son los hinchas de un equipo de fútbol —¡los colores son los colores!—, con la diferencia de que los resultados deportivos no tienen consecuencias en las leyes y la economía, mientras que los resultados electorales sí. Es por tanto, una actitud irresponsable.


En el lado contrario se sitúan los indecisos. A mi juicio, ésta es la actitud que denota mayor madurez. El indeciso necesita información para decantarse, y la analizará, previsiblemente, de modo aséptico, aunque siempre bañada en su propia ideología, cuando la hay. Esto no quiere decir que no se deba militar en un partido político. Todo lo contrario. Pero los militantes deben ser los más críticos con sus propios dirigentes, haciendo oír su voz y creando corrientes de opinión internas. Yendo aún más lejos, un militante coherente con sus ideas, será capaz de votar en blanco, o incluso por otro partido, si la dirección programática del suyo le parece inadmisible en determinado momento, lo cual no exige que abandone su afiliación, sino que continúe trabajando para ayudar a recuperar el rumbo que un día le hizo pedir el carnet.


Tampoco puedo obviar en mi reflexión la gran pregunta que nos hacemos muchos católicos cuando llega el momento de votar: ¿existe el «voto cristiano»? Mi opinión es que sí, pero no corresponde a unas siglas determinadas, sino a la forma global de aproximarse a la política. En concreto, el voto de un cristiano debe ser la antítesis del «voto forofo» y del «voto egoísta». Del primero por irreflexivo y del segundo por antievangélico. La preocupación por las consecuencias del voto en la defensa de los más desfavorecidos —aunque no estemos entre ellos—, en la educación —aunque no tengamos hijos—, en la igualdad de género —aunque no seamos mujer—, en la lucha contra el hambre en el mundo —aunque seamos españoles y estemos a dieta—, por poner algunos ejemplos, debe ser la base de una decisión coherente con nuestra fe. Y por supuesto, la participación ciudadana, más allá de los comicios.


«Las elecciones son la fiesta de la democracia», le encanta proclamar solemnemente a los líderes políticos. En sentido estricto, es más bien la fiesta de ellos. Es cuando reciben el baño de masas que les situará en algún despacho desde el que gobernarán durante los siguientes cuatro años, sin tener la menor intención de volver a escucharnos en ese tiempo. Por eso, participar en la democracia es mucho más que depositar el voto en una urna —eso es lo que a ellos les gustaría para tener un mandato apacible y sin sobresaltos—. Quien vota se compromete a seguir de cerca la acción política de sus gobernantes para formarse su propia opinión, y desde sus posibilidades, ejercer presión para que las ideas por las que dio su apoyo a un programa electoral, o por las que no se lo dio a ninguno —voto en blanco—, se vean reflejadas en las decisiones que se toman. Cualquier ámbito es válido para hacerlo: partidos políticos, sindicatos, asociaciones vecinales, ONG, agrupaciones culturales, el APA y el Consejo Escolar de los centros educativos, movimientos religiosos...

Esta es la democracia en la que creo, a la que aspiro y por la que trabajo, orientado por mi fe. Por mucho que Fernando Sánchez Dragó me califique por ello como «nocivo» para mis semejantes.




viernes 29 de febrero de 2008

CATÓLICOS EN POLÍTICA I (José Bono)

José Bono (PSOE), Jaime Mayor Oreja (PP) y Marcial Morales (CC) fueron los conferenciantes invitados a las jornadas «Católicos en política», organizadas por el Aula «Manuel Alemán» de la Universidad de Las Palmas de Gran Canaria. Los tres se declaran católicos practicantes, los tres afirman estar en política como consecuencia de su fe, y los tres aseguran sentirse coherentes siendo cristianos y militantes de sus respectivos partidos.

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video
Vídeo de producción propia, disponible para descargar y compartir en Google Video (15 min.)


LA FORMA

José Bono no defraudó. Hizo gala de su reconocida oratoria manejando perfectamente los tiempos, alternando pasajes leídos con otros improvisados, reforzando su argumentación con citas y acontecimientos históricos, captando la atención del auditorio mediante la inflexión de la voz a conveniencia y relatando divertidas anécdotas. Demostrando, en definitiva, seguridad sin fisuras en sus convicciones, con la habilidad añadida de convertir cada una de sus afirmaciones en un titular periodístico. Sin duda, todos los presentes disfrutamos con la disertación de un exquisito comunicador.


EL FONDO

.......José Bono en un momento de la conferencia
Desde el primer momento, Bono quiso dejar clara su autonomía, su independencia y su «libertad de pensar» y discrepar dentro las dos grandes organizaciones a las que pertenece —Iglesia y PSOE—, sin que por eso deba dejar de formar parte de alguna de ellas. Criticó la tendencia a pensar «milimétricamente igual», así como el sectarismo interno, que clasifica a sus miembros según su mayor o menor ortodoxia respecto de los postulados doctrinales dominantes. El aspirante a presidir la Cámara de Diputados en la próxima legislatura se preocupó de equilibrar defectos y virtudes en la historia y en el funcionamiento actual de ambas instituciones. De su partido dijo que «necesita renovación», y señaló como «un buen camino el esfuerzo por establecer puentes con los valores cristianos» para hallar puntos de encuentro en los principios universales de la solidaridad, evitando «topar con la Iglesia»; de ésta criticó su dogmatismo y apego al poder en muchos momentos; y de ambos, denunció la «intransigencia y la intolerancia» que históricamente han practicado de modo recíproco. Tampoco dudó en censurar a quienes desde el PSOE exigían romper los convenios con la Santa Sede, por considerarlo una ofensa a los «millones de cristianos comprometidos» con los más desfavorecidos del planeta. No faltó la alusión al Partido Popular, al que acusó en repetidas ocasiones de pretender erigirse en el partido de los católicos y de predicar unos valores que no practica, por ejemplo, respecto a la inmigración.


LA CRÍTICA

Creo haber escuchado el testimonio de un creyente sincero y convencido, que reúne el mérito de tener que soportar el recelo con que le miran «los unos por ser de los otros y los otros por ser de los unos». También «necesitado de salvación», como él mismo reconoció al principio del acto —al fin y al cabo, como todos los mortales—, Bono dedicó la mayor parte de su discurso a tratar de convencer a la audiencia de que es posible ser católico y socialista. Por lo que a mí respecta, fue algo del todo innecesario porque soy un convencido: ¡claro que se puede ser católico y socialista! En lo que mantengo más dudas es en que el PSOE sea realmente socialista; lamentablemente, no han quedado despejadas después de escuchar al ex ministro de Defensa. El PSOE pretende ser identificado como tal, exagerando hasta lo grotesco algunas poses —a mi juicio impostadas— a las que llama
conquistas sociales, prescindiendo de lo elemental de una ideología que aspira a construir el mundo desde las bases de la sociedad, poniendo el acento en la solidaridad y en la movilización de las clases trabajadoras, para que cada persona sea protagonista de su historia. La única movilización que parece alentar el socialismo oficial español es el voto cada cuatro años. El resto del tiempo se siente más cómodo gobernando en el letargo de la masa.

«Puedo compatibilizar mi militancia política y mi fe, pero claro, lo hago a mi manera», respondió Bono a una de las preguntas formuladas en el coloquio, poco antes de asegurar que no era lo mismo el aborto con ocho meses de gestación que con cuatro semanas. Dos frases que, junto a otras menos llamativas de su exposición, y la visión global de su gestión en la cosa pública, me llevan a sospechar que el político manchego ha hecho de su fe un traje a la medida de las ideas de su partido. Es lo que los animadores de jóvenes llamamos un «Dios de bolsillo», para poder llevarlo siempre con nosotros, pero en un formato cómodo y ligero.




  • El vídeo es un extracto de 15 minutos de duración de la conferencia pronunciada por José Bono, dividido en bloques temáticos. Se puede compartir y descargar desde Google Video, tal y como aparece en este artículo, pero si alguien deseara obtener la conferencia completa, puede solicitarla escribiendo al correo que aparece en mi perfil al principio de la página, aportando su dirección postal para poder realizar el envío. No prometo que sea inmediato, pero se lo haré llegar lo antes posible en DVD, siempre y cuando la demanda no supere mis posibilidades.


miércoles 6 de febrero de 2008

HACE UN AÑO...


«Hoy nace 'Soy cristiano'. Un modesto blog que se edita en Gran Canaria (Islas Canarias - España) cuyo objetivo es la lectura de los acontecimientos que nos rodean en clave cristiana».
Así comenzaba el primer artículo que publiqué en este blog, tal día como hoy, hace justo un año. Ha sido un tiempo provechoso, aunque debo confesarlo, seguramente más para mí mismo que para cualquiera de los visitantes y lectores. Cada una de las entradas publicadas me ha supuesto dedicación, información, análisis, reflexión, responsabilidad... Es posible que me haya equivocado más de una vez, pero no será por la ausencia de alguna de estas acciones, y ese esfuerzo voluntario me ha ayudado a fortalecer mi propia visión cristiana del mundo partiendo de la autocrítica, una de las aspiraciones —la principal— de este espacio.

Más frutos que he disfrutado en primera persona, y con los que no contaba en un principio, son los nacidos de la lectura de otros autores de blogs con los que me he ido encontrando por el camino. Porque quienes escribimos, también leemos. En mi opinión, y bajo la perspectiva de mi corta experiencia como blogger, creo que esa es una de las principales características de quien mantiene activa una bitácora. Luego, la forma de escribir, actuar y relacionarse con los demás en la blogosfera varía mucho.

Yo he hallado auténticas joyas en este año. He pasado por decenas de blogs y he leído incontables artículos, pero solo he dejado comentarios —en ocasiones bastante extensos— en aquellos que realmente han captado mi atención por su profundidad, lucidez o calidad. Sin pretender ofender a nadie, y respetando cualquier criterio, yo soy contrario a los comentarios de «relleno» que, a veces, intuyo que no tienen otra finalidad que la de mantener o aumentar la «clientela» para ensanchar las estadísticas.

Mis paseos virtuales me han permitido, además, encontrarme con autores y lectores con quienes he descubierto una afinidad de tipo intelectual, ideológica o religiosa de la que con el paso de los meses ha nacido el afecto personal y el deseo sincero de llegar a conocerles personalmente algún día.

Concluyo con el párrafo final de mi entrada de presentación del blog para refrescar mi compromiso de cara a los próximos doce meses:

«[...] 'Soy cristiano' no es sólo un título, es la afirmación comprometida de quienes nos sentimos cristianos por encima de cualquier ideología, estrato social o nivel cultural. Ello nos obliga a buscar en el día a día las huellas de Dios, y eso significa adoptar posturas claras y definidas, aunque a veces incómodas, ante los grandes acontecimientos que tienen lugar en las más altas esferas de poder en el mundo, en nuestro país o en nuestro ámbito más cercano. Pero también nos exige tomar partido en los pequeños conflictos de cada día, porque es lo pequeño y sencillo desde donde los grandes hombres y mujeres de la historia forjaron la credibilidad que más tarde les dio autoridad moral para derribar muros de injusticia e intolerancia» ('Soy Cristiano', 6 de febrero de 2007).


Gracias a todos.




lunes 28 de enero de 2008

INFORMAR, EDUCAR, FORMAR Y ENTRETENER

En su mensaje para la «XLII Jornada Mundial de las Comunicaciones Sociales», Benedicto XVI pide «comunicadores valerosos y testigos auténticos de la verdad [...] fieles al mandato de Cristo y apasionados por el mensaje de la fe [...]». El Papa expresó estas palabras en forma de oración, invocando al Espíritu Santo, después de reflexionar sobre el papel de los medios de comunicación en nuestra sociedad, en alusión al lema que centrará la Jornada: «Los medios en la encrucijada entre protagonismo y servicio. Buscar la verdad para compartirla».
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Merece la pena leer atentamente el texto acerca de la influencia, las bondades y las inclinaciones más peligrosas de los medios de comunicación social en nuestros días, pero tras hacerlo, a los periodistas cristianos nos asalta una gran inquietud: ¿el mensaje está orientado a los «comunicadores», o a los empresarios/políticos que controlan los medios? Porque, por suerte o por desgracia, no son los mismos. El Santo Padre escogió el día 24 de enero, día de San Francisco de Sales, patrón de los periodistas, para emitir el mensaje sobre las «comunicaciones sociales» —al igual que cada año—, por lo que es obvio que relaciona periodismo y medios de comunicación. Parece de sentido común, pero conviene matizar.

La vocación innata de los medios ha sido siempre la de informar, educar, formar y entretener —por ese orden—, pero ya no. Se nos llena la boca con la retahíla aprendida de memoria, pero hace tiempo que no se corresponde con la realidad, salvo en honrosas excepciones. La Televisión es básicamente entretenimiento, la Radio es opinión, y solo la prensa diaria puede presumir todavía de poner el acento en la información pura, más allá de su orientación ideológico-política. Tal vez no haya nada de malo en que sea así —son los nuevos tiempos— pero no deberíamos querer simular lo que no somos.

Convengamos también que comunicar no es lo mismo que informar. Toda información es comunicación pero no siempre sucede al revés. Este blog es un medio de comunicación pero no es un medio informativo porque el 99% de lo publicado es opinión, no información, aunque en gran medida se base en ella. Lo mismo sucede con los medios cuyos principales contenidos son de entretenimiento. Sus máximos exponentes en la actualidad son la Televisión, las llamadas «revistas del corazón» y la mayor parte de las publicaciones deportivas. Esto, que en principio no tiene por qué suponer un problema, es el origen de buena parte de la confusión que existe en la opinión pública sobre periodismo, periodistas y medios. Lo peor de todo es que la línea que separa opinión, información y entretenimiento es cada vez más difusa. Se entremezclan hasta tal punto que el receptor es incapaz de distinguir una cosa de la otra, algo que los responsables de la mayoría de esos medios no tienen la menor intención de evitar, sino todo lo contrario. La razón es sencilla: influencia y audiencia-ingresos. El grado más alto de cinismo se alcanza cuando los contenidos de espacios publicitados como objetivos y rigurosos, son seleccionados según el criterio de «más atractivo», es decir, más entretenido para el telespectador, oyente o lector. No hay más que echar un vistazo a la cantidad creciente de curiosidades y sucesos que acaparan los informativos de la mayoría de las cadenas de televisión, sobre todo las que emiten en abierto, en proporción con las noticias realmente importantes, pero menos llamativas. Temas que hace una década hubieran aparecido como mucho al final del noticiario, ahora son de apertura u ocupan los primeros lugares en la «escaleta»(1).

La opinión diluida perversamente en la información es un problema más propio de la Radio, que con frecuencia asoma también en la prensa escrita. Incluso los supuestamente asépticos boletines horarios de apenas cinco minutos incluyen cada vez más juicios de valor en las entradillas o coletillas de las noticias, algo impensable hace unos años. El relato encadenado de noticias al uso ha sido arrinconado a unos pocos minutos al día —cuando lo hay—, dejando paso a extensos programas de gran audiencia, en el que cada noticia es comentada por separado y subjetivamente por el conductor del espacio inmediatamente después de emitida, sin dar tiempo a que el oyente se forme su propia opinión, o al menos, asimile la información recibida, sin interferencias.

Este artículo no es una defensa a ultranza de los periodistas por corporativismo. Es cierto que algunos participan, admiten o toleran la manipulación, y que otros se han dejado deslumbrar por el dinero y la popularidad que dan los «reality show» o el «mundo rosa», pero no lo es menos que la norma sigue siendo la del profesional con vocación de informar fielmente, desnudar la realidad y desenmascarar la mentira. Pero una cosa es el valor del periodista para buscar y contar la verdad asumiendo las consecuencias, reto que personalmente acepto espoleado por el aliento del Papa, y otra, nuestra capacidad para influir decisivamente en los contenidos de los medios en los que trabajamos. Ya sé que no es eso lo que se nos pide desde la Iglesia, pero no está de más aclararlo.


(1) En Televisión se conoce como «escaleta» al guión de un programa.







sábado 29 de diciembre de 2007

IGLESIA Y SEXUALIDAD

* NOTA ACLARATORIA (02/01/08): Las partes del artículo que aparecen en rojo son textos corregidos. La variación es producto de un error en el contexto en el que fueron realizadas las manifestaciones del Obispo de Tenerife: en lugar de la Misa del Gallo como escribí inicialmente, fue en una entrevista concedida a La Opinión de Tenerife y publicada el día 24 de diciembre. Pido disculpas a todos los lectores del blog y al propio Obispo, y agradezco a Miguelo —paisano y lector habitual del blog— el enlace en el que aparece la publicación en PDF. También el link en el que se podían encontrar las declaraciones en cuestión se ha corregido por el original. La confusión tuvo lugar porque mi información provenía de una tercera fuente, ya que no pude encontrar la entrevista, madre de la polémica. No obstante, quisiera dejar claro que sí había leído las manifestaciones íntegras del prelado tinerfeño, aunque en la creencia de que fueron realizadas en una homilía. Lamento la equivocación, más, por desgracia, no varía el contenido central del artículo, y en mi opinión, tampoco resta gravedad a las palabras de Bernardo Álvarez; si acaso, le salva de utilizar el púlpìto para ello.

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El Obispo de Tenerife se ha metido en un buen charco del que no le resultará fácil salir, y si lo hace, sus zapatos tardarán en secarse. Monseñor Álvarez dijo en alusión al abuso de menores, que «hay adolescentes de 13 años que son menores y están perfectamente de acuerdo, y además, deseándolo, incluso si te descuidas te provocan». Después, comparó la homosexualidad —a la que considera «enfermedad, carencia o deformación»— con el abuso de menores. Sus palabras, expresadas en una entrevista concedida a La Opinión de Tenerife, no han sido sacadas de contexto como a muchos nos gustaría pensar, simplemente lo dijo, y me temo que quiso hacerlo. En la Iglesia, digámoslo abiertamente, estamos obsesionados con la sexualidad. Y si no es así, lo parecemos.

Como cabía esperar, desde el Obispado, en la persona del Vicario General, Antonio Pérez, se han apresurado a aclarar que el señor Obispo no justifica un «fenómeno aberrante como es el abuso sexual de menores». Imagino que no tardaremos en escuchar palabras similares de boca del propio Bernardo Álvarez, pero eso no será suficiente. Los afectados, la comunidad de la Diócesis Nivariense de la que es Pastor y toda Tenerife querrán saber si sus palabras fueron fruto de un desliz, de una forma inadecuada de decir alguna otra cosa que no alcanzo a imaginar, o realmente piensa todo lo que dijo tal y como lo pronunció. A mí es eso lo que me preocupa. En la Iglesia tendemos a escandalizarnos con cierta facilidad ante determinadas conductas sociales, opiniones o acontecimientos, muchas veces de modo justificado, pero nos cuesta hacerlo cuando el incendio es en casa. Es cierto que en ocasiones las investigaciones, reprimendas o sanciones existen, lo que ocurre es que se imponen con una discreción impecable. No obstante, cuando un Obispo provoca alarma o indignación social por unas desafortunadas afirmaciones realizadas en un periódico, con una gran repercusión mediática, no estaría de más que la reacción de la Jerarquía se hiciera notar públicamente.

Precisamente, en la opinión pública se ha extendido la idea de que la Iglesia, y por tanto los católicos, estamos obsesionados con la sexualidad. No cometeré la ingenuidad de considerar que todo lo que se magnifica en los medios de comunicación se ajusta escrupulosamente a la realidad. Obviamente, los medios tenemos parte de culpa —me veo obligado a escribir de nuevo en primera persona— en que la voz de la Iglesia llegue a la calle de modo sesgado, con lo secundario o la anécdota como noticia, en lugar de lo nuclear de sus opiniones y afirmaciones, por el simple hecho de que lo primero es más llamativo o polémico que lo segundo. Pero hemos de reconocer que lo de la sexualidad no lo llevamos nada bien los católicos, y que, siendo un aspecto de la condición humana digna de atención, nos ocupa bastante más de lo que debería, en lo tocante a la moral. Quiero puntualizar que me refiero fundamentalmente a la Jerarquía eclesiástica, porque en la base de la pirámide, sacerdotes y religiosos incluidos, el asunto pierde bastante peso. Conste que, como no podía ser menos, coincido con el análisis crítico que hace la Iglesia Católica —y prácticamente todas las Iglesias cristianas— sobre la forma de «consumo» de sexo de nuestros días. El acto sexual se vincula cada vez más al ocio y a la diversión, perdiendo su profundidad humana relacionada con la entrega total al amado/a en el momento de la unión perfecta entre dos personas. La sexualidad es un don demasiado hermoso como para «utilizarla» tan a la ligera. Sin duda, es una pena que así sea y hace bien la Iglesia en recordarlo, pero quizás haya equivocado la intensidad, repetición y el tono de sus llamadas al correcto «orden» en lo concerniente a las prácticas sexuales de las personas. Sencillamente, «nuestra» preocupación parece desproporcionada en comparación con otros temas de mayor calado y cuyas consecuencias son bastante más deshumanizadoras.




* La fotografía de D. Bernardo Álvarez ha sido tomada de la web oficial de la Diócesis Nivariense. Si su utilización en este blog desagrada a los titulares de los derechos de autor será removida inmediatamente.