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lunes, 6 de octubre de 2008

LECTURAS AL SOL IV - Dossier K.

Si queremos adentrarnos en la Historia, ¿qué perspectiva debemos escoger, la del «superviviente» o la del observador «neutral»? Tratar de hallar una respuesta para la pregunta, consciente de que no existe, fue lo que me hizo leer Dossier K. con un interés del que hubiera carecido si no hubiese leído justo antes El Imperio. La obra de Kertész Imre tiene peso suficiente por sí misma, pero analizada desde este ángulo la aventura en la que me enfrascaba ganaba dimensión.


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Doy mi palabra de que no iba persiguiendo ningún tema ni género literario en concreto. Repasé con la mirada los títulos que asomaban ante mis ojos —suelo poner más a la vista aquellos que tengo pendientes de leer— y en una rápida elección me decanté por el escritor húngaro Kertész Imre (1) en mi naciente interés por conocer algo más de la literatura de este país, que es el de mi madre y el que me vio nacer. Hacía tiempo que lo había adquirido y no recordaba lo que debía esperar de él, pero tal y como había ido evolucionando mi verano literario —de modo totalmente casual, dicho sea de paso— solo cabía esperar una nueva vuelta de tuerca. No sin algunas dudas, abrí el libro para degustar las primeras líneas de Dossier K. De los cuatro títulos de los que he hablado en esta serie, es al que más me costó tomarle el pulso. Al igual que El Imperio, también se vale de técnicas periodísticas para contar una historia. En su caso se trata del género de la entrevista, con la peculiaridad de que entrevistador y entrevistado son la misma persona, el autor. El resultado es una original autobiografía, aunque no solo eso.


Para ser franco, a medida que iba pasando páginas me percaté de que estaba empezando la casa por el tejado. En mi opinión, Dossier K. fue escrito para quienes conocen la obra de Kertész, al menos algunos de sus títulos más conocidos, no para quienes se acercan por primera vez a sus textos. Si hablamos de una autobiografía esto es una obviedad, pero aún así me sedujo lo que iba hallando por el camino a medida que me adentraba en la hondura de las autocitas —extraídas de sus propios escritos—, discusiones y disquisiciones sobre historia, política, sociología y religión.


Fotografía tomada de El País Digital

El autor de Sin destino, es uno de los máximos exponentes de lo que se ha venido a llamar «literatura del Holocausto». Víctima adolescente de la persecución nazi a los judíos, fue uno de los afortunados supervivientes de Auschwitz, aunque con secuelas para toda la vida, como él mismo confiesa a su «entrevistador». Algunos de ellos se suicidaron años más tarde, al igual que sucedió con quienes lograban salir con vida de los lager de Siberia. Kertész afirma que nunca sintió esa «necesidad» como otros intelectuales de su generación, pero sí llegó a sufrir la angustia que, según él, llevó a otros a quitarse la vida: el sentimiento de culpabilidad por haber sobrevivido. «El superviviente es una excepción, la consecuencia de una avería en la maquinaria de la muerte […] Por eso resulta difícil conformarse y simpatizar con esa existencia excepcional e irregular que supone la supervivencia […]» (Dossier K.). La sentencia me parece conmovedora. Luego, intenta explicar, yo diría que justificar, como quien se siente avergonzado, cuáles son los motivos que le mantienen con vida. Asegura que el hecho de haber pasado directamente de ser perseguido por ser judío a sufrir la dictadura comunista, a diferencia de quienes acabaron en países occidentales, le «ayudó» a no gozar de la vida, y por tanto, no tener que «avergonzarse» de su buena fortuna. Es trágico tener que pensar así para no caer en el abismo.


Kapuscinski y Kertész buscaban resultados muy distintos cuando escribieron El Imperio y Dossier K. El primero quería contar lo que sus perspicaces ojos veían; el segundo, encontrar un sentido a su propia vida, que es lo que lleva haciendo ininterrumpidamente desde el mismo instante en que fue liberado de Auschwitz. Por eso, por esa sustancial diferencia es imposible que lleguen a las mismas conclusiones respecto a la tragedia, el dolor, la persecución, el terror y la soledad. Kertész trata de relativizarlo todo, escondido tras sus personajes, escribe desde una atalaya que se ha construido, en la que se siente, por fin, a salvo. Puede mirar atrás y darle a su vida, si no un sentido, al menos una forma más o menos definida que puede describir con palabras. No duda en reconocer que escribe por necesidad. Por necesidad vital. Escribe o se suicida. Al menos, eso dice. Queda la duda, la misma que provoca en sus incontables críticos, que no le perdonan el «provecho» que ha extraído de su trágica historia. Pero suya es al fin y al cabo.




(1) En húngaro siempre se antepone el apellido al nombre de pila







Los demás artículos de la serie:






3 comentarios:

Miguelo, sc dijo...

Muy interesante toda tu serie de comentarios a los libros que has leído en el verano.

¿Es posible ser observador "neutral" a la hora de analizar o relatar la historia? Así, a primera vista, creo que todos somos "vivientes" y algunos "super-vivientes"... pero neutros no creo que lo seamos ninguno. Todos añadimos nuestra carga de subjetividad en mayor o menor medida... -y creo que es bueno que así sea, porque nos ayuda a enriquecer el pensamiento con perspectivas inimaginables desde el pensamiento único-...

En otro orden de cosas, es realmente terrible -como comentas- que una persona sufra esa angustia y llegue al punto de sentirse culpable por sobrevivir. Pero más aún que ese sentimiento surja sin tener responsabilidad alguna en el daño sufrido por los que no lograron sobrevivir. A mí también me ha conmovido la frase literal que has transcrito.

Un fuerte abrazo y gracias por compartir tus lecturas...

PINZON AZUL dijo...

Que ha pasado con Armando valeljo, lo veremos pronto, en algú medio de comunicación?
Espero que así sea, saludo y suerte

Relatos dijo...

Me parece que escribe para, de algún modo, intentar encontrar el por qué a tanto dolor, injusticia, maldad.

Excelente redacción la de este post.

Saludos,
Mariana

Gracias.