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domingo, 6 de septiembre de 2009

LA VALENTÍA DE JUAN ESLAVA

Sigo sin haber leído «El catolicismo explicado a las ovejas». Pobre de mí. Continúo sumido en la oscuridad de mi ignorancia, sin dejarme guiar por la luz que generosamente Juan Eslava me brinda para conducirme hacia el saber. Pero no será por mucho tiempo. Hoy es el primer día del resto de mi vida, el que viviré al calor de la sabiduría del hombre que lo sabe todo sobre Dios, la fe y la religión; el Alfa y el Omega de la existencia humana.
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Según Juan Eslava el cristianismo es una gran mentira
(imagen de la Madre Teresa de Calcuta tomada de Vidas Famosas)


En las dos últimas entradas del blog hice públicos los correo que cruzamos con Juan Eslava Galán a propósito del texto con el que promociona en su web su libro más reciente, «El catolicismo explicado a las ovejas». Ahora me propongo hacer una crítica, no tanto del libro, que no he leído todavía, como del cinismo con el que es capaz de expresarse —o permitir que otros lo hagan en su nombre— con el único fin, supongo, de vender más ejemplares.

El primer párrafo del comentario promocional del libro dice así: «¿Quién es Dios? ¿Quién fue Jesús de Nazaret? ¿Qué significa ser católico? ¿Sabemos todo lo que hay que saber sobre cómo nació el cristianismo? Juan Eslava Galán sí lo sabe [...]». Y se queda tan ancho. Parece un texto extraído de la sátira de Les Luthiers en la que los geniales humoristas argentinos parodian a un predicador latinoamericano al que bautizan como Warren Sánchez. Pero no. Está escrito con toda solemnidad en la web de Eslava, que se revela, así, muy alejado de otros ilustres autores, científicos e intelectuales, que prefieren seguir los senderos del «sólo sé que no sé nada» socrático. Eslava sí lo sabe, y, como continúa el párrafo citado, «nos lo cuenta [...]».

L
a fanfarronada es monumental.


P
ero no mayor que la que sigue: «Un libro valiente que responde a muchas cuestiones que atormentan hoy el alma del creyente».


¿U
n libro valiente? Juan Eslava se ha equivocado de década y, por lo tanto, de siglo. Valiente sería si lo hubiera publicado hace cincuenta o sesenta años y no en 2009. No acabo de ver el riesgo que asume el escritor jienense con esta obra. Son tiempos de supresión de crucifijos, de feroz arrinconamiento de los creyentes y éxito de programas de televisión que se mofan de la Iglesia, los católicos y los religiosos. Eslava bracea más a favor de corriente que Pedro Barrié de la Maza —financiero gallego y presidente de comisión—, del que tanto se burla en «Una historia de la Guerra Civil que no va a gustar a nadie», quien regaló al recién nombrado Generalísimo el famoso Pazo de Meirás, y que, después, ya durante el Régimen, fue generosamente recompensado por el Caudillo.


Pero, según Eslava y sus socios, estamos ante un libro valiente.




Fotografía tomada de Periodista Digital. Juan Eslava en
una de las entrevistas en las que se despacha a gusto sobre
la Iglesia Católica afirmando que «todo es un montaje»,
mientras promociona el libro en el que supuestamente lo demuestra


Más abajo, después de recitar todas las materias sobre las que nos va a ilustrar —cristología, historia de las religiones, exégesis bíblica...— llegamos al «trailer» que intenta captar al potencial lector mediante preguntas provocativas a las que, supuestamente, responderá en las páginas del libro. Algunos ejemplos: «¿Es Dios psicópata?, ¿Por qué el Ángel de la Guarda anota en su Libro Mayor los orgasmos de cada católico?, ¿Por qué el Espíritu Santo es una paloma en lugar de un ornitorrinco?, ¿Era puta la Magdalena...?». Nada nuevo bajo el sol. Si acaso, el envoltorio de las preguntas, cuya intención es sorprender y provocar lo máximo posible, ya que los contenidos son poco originales. De hecho, el libro tiene todo el aspecto de pertenecer a la categoría de «trapera» literaria (1). En las entrevistas que le hacen durante la promoción del libro, Eslava repite sin parar argumentos sobradamente conocidos de otros autores, con el entusiasmo de quien acaba de hallar la piedra filosofal, y que ya han sido refutados o seriamente debilitados —en algún caso ni siquiera tenidos en cuenta, por absurdos— por exégetas tanto ateos como creyentes. Conviene aclarar que Juan Eslava no es un experto y, al menos en esto, no pretende pasar por serlo, aunque después presuma, nada menos, de haber logrado «desmontar» el cristianismo y hasta la existencia de Dios (2). Definitivamente, el autor de «En busca del unicornio» no es un hombre modesto.

La parte final tampoco tiene desperdicio: «Un libro claro y sincero que persuadirá al lector para que no marque la crucecita de la Iglesia en la Declaración de la Renta».

Enésima fanfarronada.


Sin embargo, es posible que Juan Eslava no sea tanto un fanfarrón como un hombre de negocios. Esta última afirmación no es diferente a los anuncios de crecepelos en las revistas del corazón o las cremas milagrosas para perder veinte kilos en dos semanas. El cínico anunciante sabe que la pócima no sirve para nada pero la técnica de venta, siendo éticamente discutible, tiene una indudable eficacia comercial para captar a muchos incautos/as. Vende. Como vende poner de vuelta y media a la Iglesia y prometer que quien lea el libro, sin excepción, no volverá a apoyarla en su Declaración de la Renta. En realidad, los comerciales de Planeta saben, igual que Juan Eslava, que quienes se tragarán el anzuelo serán los ya convencidos de que la Iglesia es corrupta, perversa y mentirosa, y buscan reforzar su posición gracias a un ensayo que se presenta como histórico y científico. Ellos, y no los otros, serán el rebaño de ovejas que harán más rico al pastor sin escrúpulos.




(1) «Trapera», en Canarias, es un producto del telar (colchas, alfombras...) tejida con restos de otros trapos viejos de distintos colores. Las mujeres las confeccionaban en tiempos de escasez.

(2) En una entrevista publicada en Revista Fusión, Eslava utiliza el vulgar recurso del menosprecio, si no el insulto, al dividir a todos los católicos, sin excepción, entre los estúpidos, que se aferran a su religión por miedo a la muerte, y los mentirosos saqueadores, sabedores del engaño y cómplices de la Iglesia. Los que se hacen preguntas, afirma, «abandonan el redil». Éste es el intelectual Eslava.




domingo, 30 de agosto de 2009

OVEJAS AGRADECIDAS (respuesta de Juan Eslava)

En la entrada anterior hice público el comentario que envié al escritor Juan Eslava Galán a propósito de su último libro, «El catolicismo explicado a las ovejas», en su página web. El señor Eslava ha tenido la amabilidad de contestarme. A continuación, tal y como me comprometí, tienen su respuesta íntegra y mi réplica a la misma.


Respuesta de Juan Eslava Galán

Estimado amigo:

¿Se ha parado a considerar que hay personas que no lo hacen todo por dinero y que yo pudiera ser una de ellas? ¿Se ha parado a considerar que a lo mejor lo hago porque sinceramente creo que el catolicismo es una estafa y que como intelectual que se debe a la verdad tengo la obligación de desvelarla? Por supuesto es mi verdad, y no lo oculto, que no necesariamente debe coincidir con la verdad de otras personas, por ejemplo la suya. En cuanto a las citas es una cuestión de mera honradez: en lugar de apropiarte de una idea ajena, lo citas literalmente para que el lector conozca de donde procede. Es normal en la literatura científica. Y el porcentaje de citas en mi texto no va más allá de un cinco por ciento: perfectamente honrado.

Le agradezco que lea mis escritos. Y le agradeceré que me señale los errores que encuentre en ellos (de datos obviamente, no de interpretación que es libre) porwue siempre estoy dispuesto a rectificar en obsequio de la verdad.

Reciba un cordial saludo de
Juan Eslava




Réplica de un servidor


Estimado Juan:

Muy agradecido por su respuesta. No tengo nada que objetar, salvo a esta frase suya: «como intelectual que se debe a la verdad tengo la obligación de desvelarla». No se ofenda, pero resulta bastante pretenciosa, máxime cuando, que sepamos, no es usted un erudito en la materia. A lo mejor me sorprende, pero dudo que desvele usted algo que no hayan publicado ya otros autores. Por otro lado, desconozco si es usted capaz de traducir el latín —supongo que sí—, pero sobre todo, el griego clásico, el arameo y el egipcio, lenguas en las que están escritos los principales textos originales sobre los que se basa toda la investigación moderna sobre Jesús y el origen del cristianismo, y, en cualquier caso, si ha tenido usted acceso a ellos. No obstante, como bien sabrá, la Tercera Búsqueda es una investigación multidisciplinar de expertos, creyentes y no creyentes, que está alcanzando algunos resultados muy interesantes con novedades significativas respecto al Jesús histórico, no siempre acordes a lo que se creía o aseguraba la tradición de la Iglesia.

Con todo, y salvo la mencionada objeción, su respuesta me parece muy apropiada para un correcto enfoque del contenido de su último libro. Expresiones como «mi verdad...», «creo que...», «libre interpretación...», son razonables y adecuadas. Una lástima que ninguna de ellas aparezca en el comentario que promociona su libro en la web, ni en las entrevistas que le he leído sobre el particular. En lugar de eso aparecen afirmaciones categóricas en términos absolutos, en las que nos quiere hacer creer que ha descubierto la Verdad, con mayúsculas. Si no fuera usted un filántropo, «que se debe a la verdad» y tiene «la obligación de desvelarla» pensaría que se trata de publicidad engañosa con el objeto de vender más ejemplares.

A ello me referiré en la próxima entrada de mi blog.

Una vez más, agradecido por su respuesta.


Reciba un cordial saludo,

Armando Vallejo Waigand



lunes, 24 de agosto de 2009

OVEJAS AGRADECIDAS

Había oído hablar del alto valor nutritivo de la leche de oveja y del sabroso queso que con él se prepara, pero últimamente parece que también su carne comienza a ser muy apreciada, sobre todo entre intelectuales aspirantes a frecuentar restaurantes de alta cocina.

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Para evitar caer en la reiteración y extenderme innecesariamente me limito a transcribir el texto que le he enviado al escritor Juan Eslava Galán a través del correo electrónico de su web personal.

Juan Eslava Galán es licenciado en filología inglesa y doctor en letras, autor de más de sesenta libros y Premio Planeta 1987 (En busca del unicornio). Pero quiere más... dinero.




«Estimado Juan:

Acabo de terminar de leer "Una historia de la Guerra Civil que no va a gustar a nadie". Ha supuesto para mí una lectura amena, ligera e instructiva, excelente para el verano. Interesado en su perfil profesional, he accedido a su página web, donde me encuentro con el llamativo título de su último libro, "El catolicismo explicado a las ovejas". No lo he leído (aún), así que sólo puedo juzgar por el comentario promocional que acompaña el título, imagino que de su propia cosecha aunque esté escrito en tercera persona. Sin embargo, es suficiente (por poco original) para hacerme una idea de su contenido, que, obviamente, no discutiré con usted en estas breves líneas. Como bien sabe, no es usted el primero en contar las "mentiras" del catolicismo, ni en "desvelar" los grandes misterios del origen del cristianismo y de la Biblia. Será usted uno más en tratar de hacer caja con un tema que, seamos francos (¡vaya, qué coincidencia!), es muy oportuno en nuestro país en estos momentos. No le culpo, tiene usted todo el derecho a llenarse los bolsillos, si todo va bien y dos o tres medios afines a la causa le apoyan con publicidad en programas televisivos de masas en los que los asuntos anticatólicos tienen buena acogida (seguro que el Gran Wyoming y La Sexta, en general, le podrán echar una mano).

No obstante, me queda una duda respecto al título: ¿Está seguro de que va usted a iluminar a las “ovejas” y sacarlas de su ignorancia, o más bien a aprovecharse de ella (de la ignorancia) para sacarles el dinero? La pregunta es, por supuesto, retórica, porque usted y yo conocemos la respuesta. Es igual de fácil engañar a las “ovejas” de un lado como del otro, y tanto desde un lado como desde el otro, ¿no le parece?

Puedo imaginar el formato del volumen que nos propone: temas llamativos para los poco iniciados (o mal iniciados) como se deduce de las preguntas que sirven de cebo en su web, regados con interminables citas bibliográficas (su historia de la Guerra Civil está plagado de ellas hasta el punto de acabar siendo un libro escrito con pedazos de otros libros, lo cual también tiene su mérito), y, seguramente, al estilo de sus predecesores en el asunto, dando por ciertas, o soltando como quien no quiere la cosa, teorías sin confirmar, contra las que existen otras tantas, igual de probables, que afirman lo contrario, y que usted obviará o ridiculizará. No soy adivino, es que ya lo he visto antes, aunque ya le adelanto que no por ello prescindiré del placer de su lectura. Si encuentro novedades significativas le prometo que se lo haré saber y lo exaltaré en mi humilde blog en el que también publicaré lo que ahora está leyendo (es una publicidad modesta, pero es todo lo que puedo ofrecerle para contribuir al ensanchamiento de su cuenta corriente), así como cualquier respuesta o comentario que tenga a bien concederme.


Muchas gracias por su tiempo y su trabajo.


Atentamente,

Armando Vallejo Waigand»



Nosotras, las ovejas, estamos agradecidas a los intelectuales cuya vocación es liberarnos de la estupidez. Mientras ellos lo hacen de las hipotecas.




lunes, 6 de octubre de 2008

LECTURAS AL SOL IV - Dossier K.

Si queremos adentrarnos en la Historia, ¿qué perspectiva debemos escoger, la del «superviviente» o la del observador «neutral»? Tratar de hallar una respuesta para la pregunta, consciente de que no existe, fue lo que me hizo leer Dossier K. con un interés del que hubiera carecido si no hubiese leído justo antes El Imperio. La obra de Kertész Imre tiene peso suficiente por sí misma, pero analizada desde este ángulo la aventura en la que me enfrascaba ganaba dimensión.


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Doy mi palabra de que no iba persiguiendo ningún tema ni género literario en concreto. Repasé con la mirada los títulos que asomaban ante mis ojos —suelo poner más a la vista aquellos que tengo pendientes de leer— y en una rápida elección me decanté por el escritor húngaro Kertész Imre (1) en mi naciente interés por conocer algo más de la literatura de este país, que es el de mi madre y el que me vio nacer. Hacía tiempo que lo había adquirido y no recordaba lo que debía esperar de él, pero tal y como había ido evolucionando mi verano literario —de modo totalmente casual, dicho sea de paso— solo cabía esperar una nueva vuelta de tuerca. No sin algunas dudas, abrí el libro para degustar las primeras líneas de Dossier K. De los cuatro títulos de los que he hablado en esta serie, es al que más me costó tomarle el pulso. Al igual que El Imperio, también se vale de técnicas periodísticas para contar una historia. En su caso se trata del género de la entrevista, con la peculiaridad de que entrevistador y entrevistado son la misma persona, el autor. El resultado es una original autobiografía, aunque no solo eso.


Para ser franco, a medida que iba pasando páginas me percaté de que estaba empezando la casa por el tejado. En mi opinión, Dossier K. fue escrito para quienes conocen la obra de Kertész, al menos algunos de sus títulos más conocidos, no para quienes se acercan por primera vez a sus textos. Si hablamos de una autobiografía esto es una obviedad, pero aún así me sedujo lo que iba hallando por el camino a medida que me adentraba en la hondura de las autocitas —extraídas de sus propios escritos—, discusiones y disquisiciones sobre historia, política, sociología y religión.


Fotografía tomada de El País Digital

El autor de Sin destino, es uno de los máximos exponentes de lo que se ha venido a llamar «literatura del Holocausto». Víctima adolescente de la persecución nazi a los judíos, fue uno de los afortunados supervivientes de Auschwitz, aunque con secuelas para toda la vida, como él mismo confiesa a su «entrevistador». Algunos de ellos se suicidaron años más tarde, al igual que sucedió con quienes lograban salir con vida de los lager de Siberia. Kertész afirma que nunca sintió esa «necesidad» como otros intelectuales de su generación, pero sí llegó a sufrir la angustia que, según él, llevó a otros a quitarse la vida: el sentimiento de culpabilidad por haber sobrevivido. «El superviviente es una excepción, la consecuencia de una avería en la maquinaria de la muerte […] Por eso resulta difícil conformarse y simpatizar con esa existencia excepcional e irregular que supone la supervivencia […]» (Dossier K.). La sentencia me parece conmovedora. Luego, intenta explicar, yo diría que justificar, como quien se siente avergonzado, cuáles son los motivos que le mantienen con vida. Asegura que el hecho de haber pasado directamente de ser perseguido por ser judío a sufrir la dictadura comunista, a diferencia de quienes acabaron en países occidentales, le «ayudó» a no gozar de la vida, y por tanto, no tener que «avergonzarse» de su buena fortuna. Es trágico tener que pensar así para no caer en el abismo.


Kapuscinski y Kertész buscaban resultados muy distintos cuando escribieron El Imperio y Dossier K. El primero quería contar lo que sus perspicaces ojos veían; el segundo, encontrar un sentido a su propia vida, que es lo que lleva haciendo ininterrumpidamente desde el mismo instante en que fue liberado de Auschwitz. Por eso, por esa sustancial diferencia es imposible que lleguen a las mismas conclusiones respecto a la tragedia, el dolor, la persecución, el terror y la soledad. Kertész trata de relativizarlo todo, escondido tras sus personajes, escribe desde una atalaya que se ha construido, en la que se siente, por fin, a salvo. Puede mirar atrás y darle a su vida, si no un sentido, al menos una forma más o menos definida que puede describir con palabras. No duda en reconocer que escribe por necesidad. Por necesidad vital. Escribe o se suicida. Al menos, eso dice. Queda la duda, la misma que provoca en sus incontables críticos, que no le perdonan el «provecho» que ha extraído de su trágica historia. Pero suya es al fin y al cabo.




(1) En húngaro siempre se antepone el apellido al nombre de pila







Los demás artículos de la serie:






domingo, 7 de septiembre de 2008

LECTURAS AL SOL (III) - Con permiso...


Mi intención era cerrar la serie LECTURAS AL SOL con esta entrada, pero me temo que necesitaré una cuarta entrega para completar mis reflexiones. En la de hoy tiendo un puente hasta la última de ellas tratando humildemente de llegar a la esencia misma de la lectura. Su objetivo, su significado y el resultado de su acción en mí. Con permiso...

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Cuando leí la última frase de El Imperio hice como la mayoría de los lectores: volví al principio para releer las primeras líneas. Siempre lo hago tras acabar un libro, pero no sé por qué, ni tampoco por qué lo hacen los demás. Tal vez sea el intento inconsciente y desesperado de atrapar la felicidad, de evitar lo inevitable, el final, el vacío; y por tanto, la pérdida de algo que creemos, sabemos que ya forma parte de nosotros y querríamos conservar por entero y para siempre, pero sin estar seguros de lograrlo. Por eso nos aferramos a sus páginas haciendo esfuerzos por recordar las frases, los nombres, los lugares… Y no nos decidimos a apartarlo de nuestras manos, temerosos de que se nos escape todo lo que nos ha regalado. Como la madre que acaricia a su bebé, lo abraza y lo besa de modo casi compulsivo. Lo que quiere en realidad es abarcarlo en cuerpo y alma por puro amor. Se suele decir que los libros son para sus autores como los hijos. Seguramente es cierto, pero no lo es menos que también lo son respecto a sus lectores. No del mismo modo del creador y el creado, el dador de vida y la vida nueva —en el eslabón humano de la creación—, sino como las piezas que nos completan y enriquecen, que nos hacen ser lo que somos y lo que hemos llegado a ser. Porque los padres tenemos la certeza de que nuestros hijos son parte de nosotros. Los libros leídos también, incluso aunque alguno nos haya defraudado. Con frecuencia repaso las fotografías de mis hijos, recuerdo anécdotas y vivencias que quiero capturar en mi corazón para siempre. Es lo mismo que hago con los libros que he leído.


Claro que mi experiencia es la de un lector aficionado, como he señalado al inicio de esta serie de artículos. Es posible que los lectores profesionales, los críticos, los devoradores de libros que son capaces de leer varios al mismo tiempo, hayan perdido las sensaciones que describo. Yo no quiero hacerlo. De hecho, confieso que sólo leo los libros que me gustan. Muchos creerán que de este modo traiciono la literatura porque me dejo por el camino grandes obras «que todo lector que se precie debería leer», he escuchado decir a veces a algunos intelectuales. Ya lo he pensado, y mi respuesta es ésta: cuando haya leído todos los libros que me hacen disfrutar y que también son grandes obras (y que, por supuesto, también debería conocer) leeré las otras. Sí, ya lo sé, hay tantos que me faltarán años de vida, pero de eso se trata. Hace mucho tiempo que decidí que la lectura sería para mí una actividad placentera, un trocito de felicidad, incluso cuando en algún momento el objeto sea la búsqueda de conocimiento. Dicho de otro modo, cuando noto que el libro que está entre mis manos me cansa y me supone un esfuerzo alcanzar la siguiente página le doy pocas oportunidades. No lo descarto de inmediato, insisto algunos días más por si se trata de un estado de ánimo personal pasajero o por si el texto me atrapa más adelante, pero si la cosa no mejora en breve el tomo vuelve a su lugar en el estante a la espera de mejor ocasión, si es que llega. Eso no significa que yo haya decidido que el libro es malo, sólo que no es a mí a quien busca, no estamos hechos el uno para el otro, no puedo «adoptarlo»; no en ese momento.



Así que, como iba diciendo, acabé El Imperio y me quedé con ese regusto, mezcla de felicidad y vacío, del que he hablado. Y aún tenía cuatro días de asueto por delante. Afortunadamente, antes de poner rumbo al sur de la isla para pasar la última semana de vacaciones de relax junto al mar y la piscina, tomé la precaución de extraer de la librería de casa un libro más, por si acaso. Hice bien.




Entradas anteriores:


Próxima entrada
  • LECTURAS AL SOL (IV) - Dossier K





lunes, 18 de agosto de 2008

LECTURAS AL SOL (II) - El Imperio

Esta es la segunda entrega de LECTURAS AL SOL (ver post anterior). Es por tanto, la continuación del viaje literario que realicé en el pasado mes de julio, en mis vacaciones junto a mi familia. La lectura de las cuatro obras que dieron lugar a esta serie de artículos coincidió en buena parte con el otro viaje, el turístico, que hicimos por la provincia de Teruel (Aragón) y sus alrededores. Antes de comenzar, me permito sugerir al amable visitante de este blog que, si no lo ha hecho, lea antes el primero de los artículos de la serie.

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Acabé de leer la última página de El fuego del cielo la noche antes del regreso a casa, cuando aún nos aguardaba el trayecto de vuelta en avión, que se vio inesperadamente prolongado por un retraso de varias horas en la salida del vuelo. O, dicho de otro modo, las librerías del aeropuerto de Barajas (Madrid) habían ganado un cliente. Desde luego, no estaba dispuesto a adquirir uno de los superventas del verano por los abusivos precios del muy lucrativo negocio de AENA en las terminales de embarque, pero aún así, me dirigí sin mucha fe hacia uno de los quioscos. Comencé a ojear los títulos y sus precios, siempre al doble de lo que se pide en las librerías de cualquier ciudad. Entonces reparé en una montaña de libros de bolsillo, pésimamente encuadernados, todos a cinco euros, desordenados y con evidentes signos del tiempo que llevaban reposando en aquel lugar. Los fui revisando uno a uno hasta que apareció ante mí un nombre que despertó mi interés: Ryszard Kapuscinski (Polonia 1932-2007). Elevé la vista hacia el título para comprobar que no era uno de los que ya había leído. Sin averiguar siquiera el tema que trataba —¡qué más da, es Kapuscinski!—, me encaminé hacia la caja para pagar las que, presumiblemente, serían las trescientas cincuenta páginas que me llevarían hasta el final de mis vacaciones.



El genial escritor y periodista, Premio Príncipe de Asturias de Comunicación y Humanidades en 2003, tampoco me defraudó esta vez. El Imperio es una obra de arte, además de un manual sobre periodismo del tipo «ir, ver y contar» como lo definió el también periodista Eduardo Haro Tecglen. Pero sobre todo, de saber ir, saber ver —a veces incluso sin que se le permitiera mirar— y saber contar. Tras las primeras páginas me percaté de dos cosas: la primera, que en efecto, la encuadernación —por llamarlo de alguna forma— era tan nefasta que las hojas se desprendían con solo pasarlas. Y segundo, que me estaba embarcando en un texto bastante más denso que mis dos lecturas veraniegas anteriores, La Bodega y El fuego del cielo, algo, por otra parte, bastante previsible, teniendo en cuenta de quién se trataba. La extinta Unión Soviética es descrita en tres etapas de su historia a través del dibujo que va trazando el autor en el transcurso de otros tantos viajes por los vastos territorios del que llama, «el último Imperio» al estilo de Roma, la Inglaterra colonial, o la España de Carlos V y Felipe II. A quien pudiera interesarle, quiero advertir que para leer cualquiera de los libros de viajes de Kapuscinski es aconsejable proveerse de un buen mapa donde situar cada descripción, cada historia, cada acción y cada anécdota, para extraer todo el jugo a esa maravillosa experiencia.



Se trata de una obra imprescindible para conocer —que no entender— una de las más terribles épocas de Europa, y probablemente del mundo, que azotó a cientos de millones de personas y decenas de naciones, pueblos y culturas. ¿Y por qué no, «entender»? Porque no se puede. No, al menos, mediante la razón o la lógica humanas. La monstruosidad de los crímenes de Stalin, de sus partidarios y sus sucesores en el Kremlin, no es posible abarcarlos, ni siquiera desde una fría perspectiva histórica. Seguro que existen obras actualizadas —El Imperio es de 1993— con nuevos datos y mucha más información, pero dudo que sean capaces de poner ante nuestros ojos la realidad de aquellos años y en aquellas tierras, con tal fidelidad y realismo. La prosa empleada por Kapuscinski en este libro-reportaje provoca en el lector —al menos en mí— una mezcla de sentimientos encontrados, de admiración y espanto, impotencia y fe, serenidad y rabia. Impresiona su capacidad para ponerse en la piel del otro sin renunciar a la distancia necesaria para que el resultado siga siendo periodismo de máximo nivel. Cuando se ha acabado de leer uno de sus libros, es fácil deducir lo que piensa sobre la mayoría de las cosas sobre las que ha escrito; la crítica es intencionadamente visible, porque no está sutilmente enmascarada para colar la opinión por el hueco de la información. Sin embargo, y aunque abunda el análisis crítico, nos resultará imposible definir ideológicamente al autor. Uno de los elementos que con mayor claridad revela las tendencias de un periodista-escritor es la religión. En los textos como el que nos ocupa es inevitable la presencia repetida de referencias a las creencias, cultos y religiosidad popular en los territorios descritos. Tras leer El Imperio nadie será capaz de intuir la inclinación religiosa de Ryszard Kapuscinski, sin que ello tenga nada que ver con la frialdad o el desinterés, sino todo lo contrario; la fricción en tales asuntos es constante, sensible, y al mismo tiempo aséptica. Es lo que llamamos —lo escribo con cierto rubor por los tiempos que corren—, «objetividad», y que, en este caso, la representa a la perfección.



La narración de acontecimientos históricos, y de otros que tienen lugar en vivo durante el transcurso del viaje, son en ocasiones tan desgarradores como desconocidos para millones de ciudadanos occidentales. Salvo quienes expresamente se han interesado por ella, para la mayoría, es una sección de la historia, en aquella porción de tierra, inexistente. Las razones pueden ser muchas. Por un lado, estamos hablando del período de entreguerras, cuando Stalin desarrolló su «política» de expansión soviética. Y por otro, de la posguerra —tras la II Guerra Mundial—, con la Vieja Europa horrorizada y avergonzada por lo que hemos convenido en llamar el Holocausto. Los años siguientes a la guerra fueron los de los supervivientes de Auschwitz. Es cuando comienza a conocerse de verdad lo que había significado el horror nazi. La aberración fue tal, que no había tiempo para mirar detrás del tupido «telón de acero», en unos territorios muy lejanos a los de influencia de Occidente. Todos los esfuerzos de la Europa intelectual y política se centraron en llorar la tragedia, consolar a sus víctimas, purgar los crímenes y poner los medios para tratar de impedir que algo semejante pudiese volver a suceder. En 1948 se creó el poderoso Estado de Israel.



Mapa de la Unión Soviética en 1989, extraído de Wikipedia
(click en el mapa para ver en resolución original)



El caso es que entre 1929 y 1960, con una Europa agotada moral, política y económicamente, tuvo lugar en la Unión Soviética el mayor genocidio de la historia en el Viejo Continente. Sí, mayor, y tanto o más cruel, que la del Holocausto. No es cuestión de comparar —¿para qué comparar tales grados de monstruosidad?—, pero es necesario guardar un rincón destacado de la historia para las millones de víctimas de la inhumana crueldad de los lager (1) de Siberia, o de la condena a muerte por hambre impuesta, premeditada y conscientemente, a más de diez millones de ucranianos entre 1931 y 1932. Existe abundante producción cinematográfica y la llamada «literatura del Holocausto», cientos de monumentos, conmemoraciones y homenajes a las víctimas y a los supervivientes; aún hoy se busca, se juzga y se condena a los ya ancianos oficiales alemanes bajo cuyo mando se produjo la locura nazi; pero se habla muy poco sobre los 30 años de aniquilación soviética y los 70 de brutal represión. Un Régimen que fue capaz de uniformar las conciencias de casi 300 millones de seres humanos de tres generaciones, destruyendo su pasado y su historia individual y colectiva, ahogando su voluntad y su deseo de vivir —como máximo permitiéndoles sobrevivir—, debería estar bien presente en la conciencia colectiva occidental, desarrollada y democrática. Y yo creo que no lo está; no lo suficiente.



Merece la pena echar una ojeada a un extracto de El Imperio, en el que Kapuscinski relata su experiencia en el aeropuerto de Syktyvkar en 1989, en Siberia, después de que su vuelo hubiera sido desviado por algún desconocido motivo, y mientras esperaba a tomar un nuevo avión que le llevara a su destino en Vorkutá. La narración y las reflexiones del periodista son absolutamente brillantes y reveladoras para captar la esencia de lo que significó la Unión Soviética:

Stalin 1878 - 1953
  • «Eché un vistazo a mis vecinos. Erguidos e inmóviles, miraban fijamente hacia un punto en el espacio delante de ellos. Exactamente eso: inmóviles, miraban fijamente hacia un punto. No se detectaba en ellos ninguna muestra de impaciencia […] Me dirigí a uno de ellos con la pregunta de si sabía cuándo despegaríamos. Cuando uno hace una pregunta a alguien por alguna cosa, tiene que armarse de paciencia. Por la expresión del rostro del preguntado se nota que sólo ante este estímulo (una pregunta) el hombre en cuestión empieza a despertarse, a salir de su letargo y a emprender un largo y pesado viaje de regreso a la Tierra. Y eso precisa tiempo. Luego, en su cara aparece un ligero, e incluso divertido, asombro: ¿para qué pregunta este imbécil? No hay duda de que el preguntado tiene toda la razón cuando llama imbécil al preguntón, pues toda su experiencia le enseña que hacer preguntas no trae nada bueno, que la persona sólo sabrá tanto cuanto —sin necesidad de preguntar— quieran decirle (o, más bien, no decirle) y que, todo lo contrario, hacer preguntas es muy peligroso, pues haciéndolas uno puede acabar atrayendo una desgracia. A pesar de que ha pasado tiempo desde la época stalinista, la memoria sigue viva, y las experiencias, la tradición y los hábitos adquiridos en aquellos tiempos se han conservado, se han grabado en las conciencias de los hombres, y tardarán mucho en dejar de influir sobre sus comportamientos. ¿Cuántos de ellos (o de sus familiares o amigos) no habían ido a parar a un ‘lager’ sólo porque, durante una reunión o incluso una conversación privada, se les había ocurrido la idea de preguntar por esto o por aquello? […] De resultas de todo ello, en el Imperio había cada vez menos personas que hicieran preguntas, y por lo tanto, menos preguntas. Puesto que la forma interrogativa de la lengua se la habían adjudicado los oficiales de investigación, los llamados 'órganos del poder', la dictadura, la mera entonación de una frase que expresaba el deseo de enterarse de algo anunciaba peligro […] No obstante, la civilización que no hace preguntas, que coloca fuera de su marco el mundo de la inquietud, del criticismo y de la búsqueda, es una civilización paralizada, estancada e inerte. Pero eso era precisamente lo que pretendían los hombres del Kremlin, pues es más fácil imperar sobre un mundo mudo e inmóvil» (El Imperio).



Estos días hemos asistido al conflicto bélico entre Rusia y Georgia por los territorios separatistas de Osetia y Abjazia, con las tropas de élite de Moscú habiendo tomado el aeropuerto de Tbilisi. A la vista de estos hechos no puedo evitar releer y compartir algunos párrafos más del libro:


  • Viaje de 1989: «Creo que todo georgiano, todo habitante del Cáucaso, tiene codificado en su memoria un mapa de estas características. Ha ido aprendiendo sus detalles desde niño: en su casa, en su pueblo, en su calle. Es un mapa ‘memento’, el de las amenazas. "Cuidado, en esta casa vive un osetio…", "Éste es un pueblo abjazo, más vale que lo evites…", "No vayas por este sendero porque no eres georgiano. Los georgianos no te lo perdonarán nunca…" […] El Cáucaso es un riquísimo mosaico étnico tejido con un número infinito de pequeños, a veces incluso insignificantes, grupos, clanes, tribus […] Aquí todo ha sido fijado, decidido y definido en tiempos que se pierden en los albores de la historia. A la hora de la verdad, nadie es capaz de contestar por qué armenios y azeríes se odian tanto. ¡Se odian y punto! […] Por lo general son cordiales, bondadosos, hospitalarios, al fin y al cabo saben convivir en paz y armonía durante años, hasta que, de repente, ¡ha pasado algo! ¿Qué? Ni siquiera lo preguntan, no atienden a razones, sino que enseguida se pertrechan con sus ‘kindjals’ (puñales) y sables —hoy con metralletas y bazucas—, y, exaltados y soliviantados, se abalanzan sobre el enemigo y no descansan hasta que no ven correr su sangre […] Por ejemplo: cien mil abjazos quieren abandonar Georgia y crear un Estado propio. No se les puede reprochar. Abjazia es uno de los parajes más bellos del mundo […] Pero, siendo Abjazia un bocado tan sabroso, ¿la soltará Georgia? Los Georgianos suman cuatro millones y los abjazos, cien mil. No es difícil prever quién tiene mayores posibilidades de éxito» (El Imperio, 1993) (2).



(1) Los ‘lager’ eran los campos de trabajos forzados en Siberia. Allí iban a parar los condenados por «traición», una sentencia que se aplicaba con suma facilidad por cualquier motivo, por absurdo que pudiera parecer. Nadie estaba libre de acabar algún día acusado y condenado por tal delito. La vida    —si es que se le puede llamar así— en un ‘lager’, no era peor que el propio traslado de los prisioneros a lo largo de miles de kilómetros a pie, sobre la nieve, con temperaturas de 35 grados bajo cero. Nunca se sabrá a ciencia cierta, pero se estima que aproximadamente 60 millones de personas murieron a causa del terror stalinista entre 1929 y 1953, la mayoría en Siberia, en los ‘lager’ o durante el trayecto. La mayor parte de los que sobrevivieron, después de años de torturas y trabajo animal, acabaron dementes y encerrados en manicomios, o pusieron fin a sus vidas suicidándose. Así lo esboza Kapuscinsk en un primer acercamiento a los hechos: «Ese peregrinaje del deportado no es sólo un traslado en el tiempo y en el espacio. También lo acompaña un proceso de deshumanización: el que llega a su destino (si no se ha muerto en el curso del viaje) ya ha sido desposeído de todo lo humano. No tiene nombre, no sabe dónde está, ignora qué harán con él. Lo han privado de la lengua: nadie quiere hablar con él. No es más que un bulto, un objeto, un juguete» (El Imperio).



(2) En 1993 la Unión Soviética estaba en pleno período de desmembración. Los sucesos de estos en días en Georgia no son más que la consecuencia lógica de todo lo que aconteció en aquellos años. La diferencia es que ahora, Occidente, y muy especialmente Estados Unidos, sí tienen intereses económicos en la zona.